Una cita, una sala de espera y…

Hola niños, hoy os quiero hablar sobre las citas. No de cualquiera, sino de una muy especial que todos tememos más que deseamos, ¿la primera cita con vuestro amor de esta semana ? Ya os gustaría, majos. No, me refiero a la cita con el dentista.  Es irremediable, da igual lo mucho que nos cepillemos los dientes, lo estupendamente bien que nos cuidemos…siempre terminamos yendo.

¿Qué me lleva a mí a escribir sobre el dentista? Exactamente, que hoy he ido a que me saquen una muela y lo que me han sacado han sido las lágrimas. Tranquilos, no voy a hablar del dolor  -soy una chicarrona del Norte. No siento dolor,  paso directamente a las lágrimas y a llamar a mi mamá; pero dolor JAMÁS-. Lo que quiero es compartir con vosotros lo que he escrito antes de la inminente muerte de la susodicha (la muela, no yo), mientras aguardaba en la sala de espera:

Esto de estar en una sala de espera, es un auténtico coñazo –  soy toda una poetisa, lo sé-. No me fastidia la espera en sí, sino la gente con la que tengo que compartirla y, para colmo, me cobran por ello. Es algo así como: “muy bien, has estado esperando una hora, has sentido un nivel 7 de dolor…son X €” y tú chapurreas un “gaziaz”, porque  eres educado y das las gracias por el servicio. El “gaziaz” viene porque recordemos que con la anestesia aún saliendo por las encías, uno sólo es capaz de hablar cual niño que cecea.

La pequeña sala de espera es como ir al zoo para ver a los monos: uno observa desde la barrera sin que se den cuenta. Frente a mí, no… ahora está a mi derecha…no, un momento, vuelve a la izquierda… hay un señor mayor dando largos paseos a la orilla de las sillas, cuyos pasos resuenan en el edificio de forma solemne. Señor, por favor, pare. Me da la sensación de que estoy esperando en el corredor de la muerte, y que usted es uno de los condenados que camina lentamente aguardando en silencio la hora de su ejecución.

La puerta se abre. Dos señoras que aún quieren conservar una juventud ya enterrada en el olvido, acaban de entrar hablando (para nunca jamás callarse). Ambas tienen el mismo dudoso gusto a la hora de vestir, semejante peinado, semejante color de pelo (ese tan característico de ciertas señoras, que oscila entre el rojo y el zanahoria). Pero hay algo que las distingue: la señora más molona lleva las uñas pintadas de verde, acorde con su camiseta amarillo limón y su bolso verde dudoso, lo que de toda la vida se ha llamado color caca. La elegante mujer mete la mano en su bolso color popó, y saca un superjuguetito última generación- no, no es un vibrador- con el cual puede leer cualquier noticia que, muy amablemente, comparte con su amiga y con todo aquel que se encuentre en un radio de 10 km – la ventana está abierta y no, no habla bajo-. Debería decir que el señor que caminaba, ya ha salido de la sala y está siendo torturado muy profesionalmente. De modo que estoy sola ante el peligro, enterándome de noticias que me importan más bien poco, de que su amiga Fulanita a la que ha enviado un SMS, no le ha contestado porque seguro que está en la playa, y que las revistas que hay en la salita  son antiguas y ya las ha leído -señora, NO esperaba menos de usted-.

A pesar de concentrar mis esfuerzos en evadirme , estoy empezando a sentirme muy, muy molesta…

En ese momento, la puerta se abrió y la tortura psicológica terminó, luego empezó la física… pero eso es otra historia. Salí viva y con la baba colgando, lo que viene siendo lo normal.

Para terminar…

Una sugerencia: ¡Eh, dentistas! Si, vosotros que metéis las manos en nuestras bocas como si estuvieseis rellenando el pavo de Navidad ¡guantes de sabores! Si los condones saben, debería pasar lo mismo con los guantes. ¡Lo exijo!

Un consejo: Niños, esto es para vosotros: si queréis evitar ir al odontólogo -es lo mismo que dentista, pero suena peor y da más miedo ¿a qué si?-: “Dientes dientes limpios, dientes dientes sanos, ¡cepíllate los dientes o te crecerán gusanos!”

Sed buenos.

Danae

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