Nostalgia limpia y ordenada

Qué hilados me están saliendo estos últimos post. Empecé hablando del otoño, continué con los planes de ídem, y ahora voy yo y os hablo de mi fin de semana reorganizando el dormitorio mientras el artículo del que me burlé en el anterior post, hacía lo propio mientras me miraba cómo desmontaba mi habitación.

Lo reconozco, soy una de esas personas que limpia y organiza lo justo para poder tocar la pared del extremo opuesto a la puerta y volver. Me gusta la limpieza, pero el orden…necesito tenerlo todo a la vista para poder encontrar algo. De ahí que siempre acabe vistiendo la misma camiseta que dejo siempre en la misma silla, porque “está ahí” y para qué buscar más. Soy desorganizada desde hace mucho tiempo y me costaría horrores convertirme en un ser que realiza las tareas del hogar con pulcritud. De hecho, creo que todas esas personas que limpian y organizan casi obsesivamente (dejemos de lado a los más absolutos maniáticos) me parecen unos soberanos masoquistas -si, hay término medio, pero entonces el post acabaría aquí-. Cierto es que a los “limpiadores” natos, al estar dándole que te pego al plumero no se estresan tanto como los que hacemos limpieza de cuando en cuando y sin forzar. Pero ¿no quitaría eso la gracia al asunto? Me explico: si frecuentemente se limpia/organiza no hay sorpresas. Eso es aburrido. Limpias, organizas y hala, hasta la próxima. Si, por el contrario, esa rutina es…digamos que más flexible, podemos encontrarnos con esos objetos que teníamos tan bien guardados que casi olvidamos. Bueno tal vez no, puede que tan sólo nos acostumbremos a que “estén ahí guardados” aunque nunca los volvamos a usar. Sea como fuere, la sorpresa, el entretenernos releyendo aquellas notas de clase, descubrir prendas de ropa que creímos perdidas…es todo un acontecimiento sencillo y tonto, pero que nos alegra.

Así, este fin de semana al que ya hemos dicho adiós, me encontré con ESE bolso que me lleva conmigo desde la universidad… hasta ayer. Cuando decidí que ya era hora de dejarlo ir en paz. Ese bolso-saco que, entre sus telas, guardó bocadillos, litronas y latas de cerveza, apuntes, botellas de agua y hasta mi portátil. Ese bolso que ha superado manchas que nunca quise saber que eran, inundaciones y caídas estrepitosas. Me despedí de él con pena y nostalgia, porque eso solo puede significar que ahora sí me importa llevar colgado del hombro un bolso raído y lleno de manchas imposibles de quitar. Y eso me molesta, porque no sé si he madurado o es que me he vuelto más superficial. Este sería un buen momento para hacer un vídeo-homenaje de ese complemento que me ha acompañado en mis días más duros pero felices y gamberros…y todos sabemos que sería algo así: https://www.youtube.com/watch?v=csVaRY1ptZ0  bajo el título Aquel maravilloso bolso.

En el fondo del armario encontré otra prenda fiel: mi chaqueta de pelotillas. Ahí estaba oculta en la oscuridad bajo jerséis abusones que le doblaban en tamaño. Esa chaqueta de lana que, con más de diez años, sigue proporcionándome calor en los días de frío – OBVIAMENTE Danae, en verano uno no se pone una chaqueta de lana-.  Ella ha sido LA chaqueta de mis primeras manifestaciones cuando aún creía que podía cambiar el mundo, de mis días de voluntaria, de mis “lo primero que pillo” para ir al bar de abajo para tomar algo con los amigos, de mis momentos de alocada criatura, de mis viajes improvisados…  Pelotillas –apelativo raro y cariñoso- sigue conmigo, aunque se ha retirado de la vida pública.  Se ha convertido en una prenda casera,  oliendo a recuerdos y a comida –es lo que tiene cocinar con ella puesta-.

También me volví a reencontrarme con esos relatos escritos en épocas oscuras –se ve que no encendía mucho la luz- y en crisis existenciales –hasta que descubrí que existir de por sí ya es toda una etapa crítica- ; con esos apuntes de primera y segunda mano- esto es que me los prestaban no es que  fuera ambidiestra- y con todos esos regalitos inútiles que regalaban en los bares. Ahí estaba todo junto y revuelto, sin orden aparente (aunque seguro que en su momento, lo coloqué todo con lógica).

Pero nostalgias aparte, también he tenido que enfrentarme a situaciones verdaderamente extrañas: ¿Por qué mi cajón de los pijamas, que sólo tiene dos pantalones, está a rebosar? ¿Por qué sigo guardando esas entradas de cine de hace 15 años? Por nostalgia claro. Eso sería una razón, si no fuera porque del ticket solo quedaba el papel: ni película, ni fecha ni nada…todo se había borrado.

Todo esto es lo que me hubiera perdido si hubiera seguido un  plan de limpieza sano y estricto, esos que evitan que soltemos la frase de me come la mierda.

Conclusión: Cuanto más desorganizados somos, más tardamos en encontrar las cosas, pero más ilusión nos hace volver a saber de ellas. Una vez pasado el caos, recuerdos y nostalgias vuelven a su sitio, y todos contentos.

Sed buenos.

Danae

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