Una de empanada, por favor.

A las buenas noches niños, después de salir con más pena que gloria del bucle en el que me metí el otro día, he saltado de un extremo a otro -como viene siendo costumbre en mí- y me he ido del daño que hacemos a nuestra mente, a las veces en las que ésta nos deja en bragas (o calzoncillos para que ningún hombre se sienta discriminado). ¿Cómo ha ocurrido esto? En la entrada anterior me explayé centrándome en lo mal que tratamos a nuestra inteligencia, pero poco después me asaltó el pensamiento de que oye ¿y qué pasa cuando nuestra mente se va de vacaciones? Además sin avisar y sin invitarnos, la muy… pues pasa que nos empanamos, y vamos por la calle como zombies o fumados (elegid lo que prefiráis). Y así, por la tontería mental y con mi empanamiento habitual, es como empecé a escribir esta entrada.

Esto de estar empanado puede ser bastante engorroso para quienes lo sufrimos (lo siento, pero aquí no se libra nadie) y para quienes tienen algún tipo de contacto con nosotros en el Día E (E de empanamiento, por si no lo habéis intuido). Para nosotros, porque no nos enteramos de nada y para los demás, porque seguimos sin enteramos de nada. Pero como todo tiene su lado bueno, aquí vengo a compartir con vosotros algunas situaciones graciosas, consecuencia de ese estado mental, que JAMÁS he sufrido:

– El primer síntoma de empanamiento, del latín…¿empanamientus? se hace patente nada más levantarse uno de la cama. Un día normal salimos de la habitación directos al baño, pero en un Día E, el meñique de uno de nuestros pies se dará contra la cama antes de ser conscientes de nada. Es inevitable.

– Otro síntoma puede notarse al preparar el café que, ingenuamente, creemos que solucionará el problema. Sin embargo, sólo servirá para provocar alguna de las siguientes situaciones:

  • Ponemos la cafetera sin agua.
  • Ponemos la cafetera con agua pero sin café.
  • Preparamos la cafetera correctamente, pero se nos olvida encenderla.

– Da igual la ropa que nos pongamos, SIEMPRE nos la pondremos del revés.

– Evitaremos un golpe con una silla, pero eso sólo nos llevará a darnos uno más doloroso con el pico de la puerta del armario que juramos haber cerrado.

Una vez en la calle todo empieza ¿a mejorar?

– Andar por la calle, chocar con algo y disculparnos por nuestra torpeza. Bien, somos educados, un punto para nosotros. El único pero que veo es que hay que disimular ESA cara de gilipollas que se nos queda al darnos cuenta que hemos pedido perdón a una farola.

– Como buenos ciudadanos que somos, siempre esperamos a que salga el monigote rojo se convierta en verde para cruzar la calle ¿verdad?  Pero empanado, esta actividad tan sencilla tiene su complicación, porque lo más probable es que seamos conscientes de que podemos cruzar, justo en el preciso momento en el que muñeco vuelve a ponerse colorao. Aquí podemos actuar de varias formas:

  • Volvemos a esperar pacientemente, esta vez atentos.
  • Caminamos hasta el siguiente semáforo para hacer tiempo.
  • Asumimos que nunca jamás pasaremos a la otra acera y nos vamos a casa a llorar.

– Y qué me decís de ESE momento en el que nos saludan, berrean nuestro nombre, todo aquel que pasa por nuestro lado nos mira… y seguimos sin enterarnos. Es más, podrían tirarnos un cubo de agua hirviendo a la cara y pensar: si que hace calor, estoy sudando como un pollo.

Podría compartir con vosotros más situaciones absurdas y tal vez lo haga… aunque me estoy dando cuenta que de la mayoría de las entradas podría escribir una trilogía, que también es posible que lo haga…quien sabe. Por el momento, espero que esto nos sirva de LECCIÓN: por cada programa basura que veamos, tendremos tres días de empanamiento.  Así que mejor no nos pasemos con la basura…perdón, quería decir con la televisión.

Sed buenos.

Danae

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2 comentarios en “Una de empanada, por favor.

  1. Me siento completamente identificado con toda la clase de emapanamientos que aquí describes.
    Se lo que es disculparse con una barandilla que se metió en mi camino, y también he de reconocer que he huido despavorido ante el inocente toque de una hoja de un árbol que caía al suelo y fui yo quien se cruzó en su camino. Y de estas, tengo mil más.

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