Nietzche, Santiago y yo

Ya he comentado en más de una ocasión en las redes sociales, en alguna entrada o en sueños (quién sabe) lo mucho que me gustan los libros, sobre todo los de segunda mano. El olor que desprende un libro nuevo al abrirse está bien, pero el de uno viejo, usado y que realmente no nos pertenece…mola mucho.

Como ya dije hace unos días en Facebook, es la tercera vez que empiezo “El ocaso de los ídolos” de Friedich Nietzsche. Aunque es un libro que realmente se puede leer empezando por donde se quiere porque los capítulos son más o menos independientes del resto, tengo la manía de empezarlo desde el principio, aunque ya me lo sepa de memoria. No lo dejé por aburrido o denso, más bien la densa y espesa era yo, y para los libros es mejor tener toda la mente disponible y estar a la disposición del texto. Así que creyendo que tenía los días más fluídos y menos espesos (ingenua soy a veces) he vuelto a agarrar a ese peso pesado de apenas 110 páginas…gesto mío y libro el del alemán, los que me han recordado porqué me atraen tanto los libros nada nuevos….

Muy bueno

 

¡Muy bueno! escribió el dueño en el 72, y subrayó lo que le pareció digno de recordar. Y así, de esta manera tan tonta, uno puede bucear en el pensamiento del anterior propietario e inventarse los gustos e ideas del susodicho, de leer con más concentración lo que subrayó para ver si se comparte las mismas ideas… y qué bien me cae el desconocido porque ¡él también subraya libros! Y una, que en el fondo es una romántica , se da cuenta que con estos pequeños detalles parece que pertenece a algo, aunque no exista realmente nada. Puede que el tal Santiago que compró el libro en los 70 tuviera que leerlo para la carrera y le interesara un pepino la filosofía y por eso lo “abandonó” en una tienda de segunda mano; o es posible que hiciera eso porque lo compró a medias con su entonces novia y quiso desprenderse de él para no tener más recuerdos de los necesarios y no quisiera saber nada más de él. Las posibilidades son muchas, eso es lo bonito: con tantas posibles historias al final uno se siente parte de ellas, llamadme cursi, ingenua o tonta del culo, pero así lo siento.

Y así, sintiéndome parte de algo, menos sola, menos de todo y más reconfortada sin sentirme mal en verdad, paso las páginas y me encuentro con esto, que bien tiene que ver con la entrada de las reformas educativas de la semana pasada:

Aprender a pensar: en nuestras escuelas se ha olvidado esto.
“Aprender a pensar: en nuestras escuelas se ha olvidado esto. Aún en las universidades, y a la verdad entre las auténticas gente ilustradas, la filosofía, la lógica, comienzan a morir como teoría, práctica e instrumento. Léanse si no libros alemanes: ya no aparece en ellos ni el recuerdo de que para pensar es necesaria una técnica, un plan de aprendizaje, una voluntad de maestría; de que el pensar se aprende como la danza o como un cierto tipo de danza…”

 

Leyendo esto  alguno puede decir “Ah bueno, que ya venía de antes”. Sí, no todo es culpa de la ESO. Al parecer todo lo que tiene que ver con la educación y el pensar vive su época negra desde… ¿los griegos? los antiguos, esos de la toga, no los de ahora. Pero no, no voy a indagar más, no me vaya a extender.

Dedico este post a la persona desconocida número 1(yo ya me he quedado con que es la novia) y a Santiago, que ya es de la familia:

El ocaso de los ídolos
Para darle uso a su pésima caligrafía, Santiago dejó la filosofía para convertirse en médico.

Sed buenos.

Danae

 

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Un comentario en “Nietzche, Santiago y yo

  1. El que venga de atrás sólo demuestra lo mal que se sigue haciendo las cosas y lo poco o nada que se piensa (ahora menos que nunca)

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