Por un papel en una cartulina naranja

Cuatro días, tres ciudades. Todo seguido, sin parar. Del coche al tren, del tren a otro tren. El cuentakilómetros de mi maleta avanzaba y ésta, con sus ruedas martirizando  estrepitosamente  los adoquines de cada ciudad, lloraba de emoción porque ¡hacía tanto que no sentía el aire fresco en mis cremalleras!

Han sido unas ¿vacaciones? En realidad no, más bien un pequeño viaje con  la excusa de recoger mi título de la carrera que, desde hacía años me esperaba con ojitos tristes en el archivo de la universidad. Recógeme antes de que me entierren para siempre, recógeme antes de que te olvides definitivamente de mí me susurraba telepáticamente. Y, cinco años después, ahí he ido a estrecharle entre mis flacos brazos y preguntándome por qué no harán un título en formato bolsillo cuyo transporte no sea tan engorroso.

Ha sido volver a la universidad y ver pocos cambios, aunque yo percibiera todo aquello de una manera totalmente distinta. Lo normal cuando uno deja de ser estudiante. Ahora soy una ajena que, con su título oculto en una gigantesca cartulina color naranja cono de obra, evidenciaba que ya no era uno de ellos: de esos que hablan en la biblioteca, que hablan de proyectos en la cafetería, que se quejan de que cobren hasta por los vasos de plástico para poder llevarse el café corriendo a la siguiente clase. No, ya no soy uno de ellos, y lo acepto con tranquilidad porque no es algo que eche mucho de menos. A esos que me aguantaron y aguanté sí, esos que aún sigo llamando amigos, que abrazo con ganas porque no sé cuando volveré a verlos… a esos sí los echo de menos. Y a los que no he visto por falta de tiempo y  que ni he avisado porque sabía que no había minutos en el reloj en donde poder acogerlos, a esos también (y como si de un discurso de los Goya se tratara, aprovecho el momento que se me brinda, para pedirles perdón y les digo que a la próxima, cuando me quede más de 24 horas las cervezas correrán de mi cuenta, aunque eso lo digo con la boca pequeña, por si acaso).

No, ya no somos universitarios, que sí estudiantes, porque para eso está la vida, para aprender por mucho que nos pese. Y como ya no formamos parte de ese círculo, todo lo que antes vivíamos con normalidad, ahora se ve desde la barrera, con el conocimiento del que estuvo ahí y salió como pudo, con más o menos fortuna. Y paseé por ese campus con el viento azotando los árboles, con flores y caminos de tierra y fuentes que dejaban funcionando en las inundaciones. Paseé con una muy buena amiga y con mi título amenazándome con salir volando como buscando la libertad después de tantos años encerrado. Caminamos y me extrañó que a las 13,30 hubiera tan poca gente en las cafeterías, porque en mi época (qué viejuno queda eso) a esas horas los vasos de cerveza cubrían la superficie de la mesa de plástico muy de sección jardinería del catálogo de Ikea. Y yo, que lo digo todo en alto, recibí una contestación por parte de mi amiga que debería haber sabido pero que, sin embargo, ignoraba: ahora las clases son obligatorias. Claro, ahora tienes que ir, porque si no vas te suspenden. Una buena forma de atraer más alumnos a las aulas. Con las aulas llenas y las cafeterías vacías, nos fuimos de allí dejando definitivamente atrás un entorno al que tardaré en regresar. Mi querida amiga y compañera de ansiedades por un lado, y yo, maleta en mano, por otro. Ella al ataque de una entrevista de trabajo que le diera el empujón necesario y yo en dirección opuesta, pensando si era buena señal que las cafeterías estuvieran tan vacías. Porque sí niños, me llegó al alma ese pequeño detalle. Ese detalle que me hizo reflexionar si nosotros éramos más alcohólicos, o más conscientes de nuestra responsabilidad acerca de la asistencia de las clases, aunque fueran las más aburridas y soporíferas, sabiendo que si suspendíamos lo hacíamos con todas las de la ley, por la única y pesada razón de ser unos vagos…pero ahora que son obligatorias, ya no se sabrá dónde empieza y termina el sentido común de cada uno.

Después de la visita a la universidad que me acogió durante cuatro años, de callejear por las calles que tanto pateé en el pasado y de tomarme un vino con algunos amigos y compañeros de trabajos desquiciantes de último curso, me fui al hotel cansada y con la sensación de ser más mayor, tal vez más madura, alegre por los pocos encuentros que tuve pero triste por su brevedad.

Al día siguiente me subí al tren legañosa y trayendo conmigo el último vínculo que mantenía con mi época universitaria. Así, mi título me decía que ya ni mis amigos ni yo éramos ya universitarios, que ahora con vidas diferentes en ciudades distintas, los pocos momentos que disfrutamos juntos entremezclando novedades y recuerdos, ensalzan la verdad que esconde esa frase tan pronunciada de que lo bueno si breve, dos veces bueno. 

Y pensar que todo esto comenzó por un trozo de papel en una cartulina naranja.

Sed buenos

Danae

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