Un problema de ¿lenguas?

Hace apenas una semana mi tía, profesora de universidad, escribió una carta dirigida a su departamento o algo así (de los detalles, ya lo siento, pero no me acuerdo). Muy poco tiempo después de enviarla le llamaron la atención por el texto, no por el contenido de la misma sino por algo que, al parecer, en los tiempos que corren es impensable: no se había dirigido a las mujeres; esto es que básicamente se conformó con usar los términos “compañeros” y “todos” asumiendo que en ellos ya se intuía que se incluía a sus compañeras. Pues no, su intuición falló porque la queja provenía de un hombre que aunque parecía estar de acuerdo con el contenido de la carta – tal vez porque todas las palabras acababan en “a” y pensó que eran el público femenino estaba incluido en ellas.- no lo estaba con el nulo uso del femenino en las palabras antes citadas. De ese hecho estuvimos hablando un buen rato, pero sólo un rato. Paramos cuando nuestro cerebro comenzó a echar chispas.

Yo, que pensar pienso mucho con más o menos éxito y no siempre con buenos resultados, más me hubiera gustado a mí hablar sobre el maravilloso mundo de los libros que hoy disfrutan de su día. Pero mi cerebro le ha dado al “play” con este tema y ya no puede parar. Y como pienso –no es que coma pienso, me refiero a la primera persona del presente del verbo pensar- y como mujer, lo único que pienso -y perdón por decir tanto pienso, que ya parezco un cerdo hambriento que sólo piensa en su ración de pienso-  es que con tanta la igualdad nos hemos vuelto un tanto gilipollas, para qué mentir. Todos, hombres y mujeres, sin distinción alguna, gilipollas integrales. Según lo políticamente correcto, un discurso o texto o cualquier cúmulo de palabras con algo de sentido dirigido a un público variado, debería ser así:

Queridos alumnos, queridas alumnas:

En esta clase quiero comentaros a todos y a todas el trabajo final que deberéis entregar antes del 15 de mayo. Sé que estáis todos y todas muy preparados y preparadas para afrontar este proyecto. Algunos y algunas ya sabéis de lo que estoy hablando porque conocéis a alumnos y alumnas del año pasado, pero muchos de vuestros compañeros y vuestras compañeras no lo saben y por eso aprovecho esta hora para explicar en qué consiste… ¡¡¡RIIINNNNGGGGGGGGG!!!

Vaya, pues parece que ya ha terminado la clase, el próximo día os hablaré a todos y todas del proyecto que…

Y así pasaron los días…sin que el profesor explicara nada porque se quedaba sin tiempo. Los alumnos, afligidos y super tristes, tuvieron que recurrir al mercado negro de trabajos ya hechos y bien redactados…y así es como se fomenta la mafia…todo un drama niños.

Realmente no sé porqué nos ha dado a todos por incluir el género femenino en todos los discursos, como si nos fuéramos a perder o algo. Para que no nos sintamos excluidas de una lengua tradicionalmente machista, dicen. EXACTO.  Está claro que nos sentimos discriminadas por la lengua española y no porque cobremos menos que los hombres o nos rechacen un trabajo por el simple hecho de no tener un pene –que os diré que si eso es un problema hay algunos de silicona muy realistas, yo ahí lo dejo-. Pero sí, desde que comienzan las ponencias con un “Buenos días a todos y a todas”, me siento mucho mejor, hasta se me olvida lo de cobrar menos ¿sueldos más bajos? ¿qué es eso? LO NORMAL. Ahora, el no hacerlo también tendría sus consecuencias, porque si, por ejemplo en el caso de los partidos políticos, tan amigos de las (des)igualdades, no acompañaran el “todos” con un “todas”, es muy probable que feministas y “feministos” se les echaran encima…porque eso al fin y al cabo es lo más importante. Y al domingo siguiente ya tendríamos manifestación al canto, claro que sí ¡Arriba domingos y domingas!

Pero incoherencias aparte, si la igualdad implica que todos somos iguales -valga la rebuznancia- no entiendo el afán por marcar tanto la diferencia entre ambos, hombre y mujer. Esto es como decir que se quiere a los dos hijos por igual pero a uno se le llena de juguetes y al otro se le entrega los papeles de regalo y las cajas, que a lo mejor se lo pasa mejor, pero…  ¿Quién se quedaría con los envoltorios? ¿Aquel a quien los padres consideran “superior” o al más vulnerable y quieren que no se sienta diferente? Creo que la respuesta ya la sabemos todos. En mi casa eso no pasaba, porque se guardaban los papeles usados de regalo para envolver otros regalos.

Sinceramente cuanto más leo la palabra igualdad, más hueca me parece, porque creo que se ha perdido totalmente su significado. Parece que igualdad es promover la discriminación positiva, esa que promueve un trato desigualdad a la mujer solo por el hecho de serlo, como si fuéramos inferiores de algún modo, inferioridad que pretenden “ocultar” con buenas acciones: mención explícita en los discursos -que vaya tontería, de verdad-, ofertando más número de puestos de trabajo sólo para nosotras (eso sí, cobrando menos, pero al ser todo mujeres no tendríamos con qué comparar….anda tú, mira qué listos).

No me quiero extender -aunque ya es tarde para ello- pero hoy, aprovechando que es el día del libro, que las palabras fluyen como un torrente, os lo ruego: no me toquéis la lengua, y las narices menos aún. ¿Qué será lo siguiente? ¿Reescribir los clásicos para que nos incluyan a nosotras? ¿Os imagináis cómo sería el Quijote si no se aceptara el neutro como animal de compañía y hubiera que incluir el género femenino en ese castellano antiguo tan fácil de leer? Sólo pido coherencia queridos míos, sólo un poquito, lo justo y necesario para que las mujeres no nos sintamos como seres inferiores que necesitamos un empujoncito para sentirnos incluidas en la sociedad.

Sed buenos.

Danae

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