Cómo joden estas cosas…

… ¿Verdad? Sí, joden. No fastidian ni molestan. JODEN, con mayúsculas y en negrita. JODE y mucho recordar lo que se queríamos ser de mayor y ver en lo que realmente nos hemos convertido. No siempre uno termina por dedicarse a la profesión que soñaba, no todos llegamos a ser astronauta, arqueólogo aventurero o animadora de los Lakers, pero eso en sí poco importaba. Lo que de verdad importaba era la clase de persona que aspirábamos ser: un valiente e inteligente astronauta con la tonta ilusión de decir “Houston,  todo va como la seda”;  preservar el patrimonio cultural como un buen Indiana Jones o la flexibilidad de una rubia americana medio en bolas (para gustos, los colores). Y jode rememorar esos pensamientos y ver que lo más valiente que hemos hecho es cruzar la calle sin mirar, lo que más lejos hemos llegado por la cultura es ver de vez en cuando La 2 y lo que más flexible hemos llegado a ser ha sido tocarnos los pies con las manos. Y si sabéis de lo que hablo, las tripas se revuelven y la mirada se entristece.

Personalmente, me jode recordar a esa niña mofletuda con su sueño de ser una ecologista abrazada a un árbol y defendiendo a los lobos de los cazadores- yo que si veo una avispa salgo pitando, quería abrazar a un árbol lleno de hormigas…en fin, qué cosas-, y  claro está que no tengo muchas ganas de convertirme en activista, pero sí en llegar a ser esa luchadora que, en mis ilusiones, se comía a todo aquel que cometiera una injusticia. Ahora, con los 29 recién cumpliditos, me conformo con no equivocarme a la hora de meter la basura en el contenedor correcto y de que no me explote la cabeza con tanta injusticia porque ¡cómo alguien como yo puede llegar a luchar contra todas ellas! ¿verdad? Al final es la sentencia  que come a todas las motivaciones e ilusiones; la maldita sentencia que ha provocado que ilusiones y los sueños hayan dejado paso a excusas para no cumplirlos…excusas tras las que nos escudamos y no hacen más que dejar patente lo obvio: que somos unos idiotas.

Ya perdonaréis mi lenguaje, os prometo lavarme luego las manos para que el agua arrastre por el desagüe todas estas palabras malsonantes, pero es que yo no estoy molesta, mal o decaída. Yo estoy JODIDA. Jodida porque me joden de todas las formas habidas y por haber. Para bien y para mal. Y precisamente es esa jodienda la que me está impulsando a escribir todo esto, porque para eso tengo dos manos, aunque sólo sea capaz de escribir de forma legible con la derecha; y es curioso, porque siempre he tenido el deseo oculto y absurdo de ser zurda, tal vez porque dicen que los zurdos son más inteligentes o porque sencillamente me parece divertido ver cómo la mayoría retuercen su muñeca cuando escriben, aunque  pongan lo mismo que un diestro. Pero tampoco pasa nada por eso, porque como vivimos en un mundo igualitario y democrático -¿verdad?- se inventó el telégrafo, la máquina de escribir o el ordenador, para que todos escribiéramos igual, con la misma letra y los mismos espacios entre palabras. Todos iguales y todos jodidos de un modo u otro. Y ya sé que esto no hay por donde cogerlo,  pero ya sabéis cómo va la cosa, empiezo a vomitar palabras y todo se vuelve aún más caótico.

Ya dijo Calderón que los sueños, sueños son y ¡qué cobardes son los que dejan que esto sea así! debió de pensar mientras lo escribía. Y qué razón tendría, porque cómo jode soñar y ver que no se tienen agallas para convertirse en lo que uno realmente quiere ser…

Sed buenos.

Danae

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