Humillada por un plátano

La primera vez siempre duele, hagamos lo que hagamos como principiantes, salvo que tengamos la suerte del novato, DUELE. Es por eso por lo que he querido iniciar una nueva categoría/sección que, sin rebanarme muchos los sesos, he denominado “Mi primera vez”. Aquí os dejo mi testimonio: “Domingo 7 de junio de 2015 Todo ha empezado por comprarme jabón específico para la cara. Después de pagar 10 € por una pastilla de jabón que me da reparo usar para no gastarla, he decidido buscar alternativas más asequibles, y para eso está Internet. Así que, durante la tarde de ayer y parte de la mañana dominguera, he navegado por las aguas turbulentas de Internet en busca de mascarillas caseras que mejore mi cara, dermatológicamente hablando, de lo otro mejor me conformo con lo que tengo. Una página me ha llevado a otra, un blog a otro y me he sorprendido a mí misma hurgando en la nevera buscando ingredientes para estamparme en la cara, de la misma manera que Gollum rebuscaba la tierra para encontrar su tesoro. Al final he optado por lo sencillo: mascarilla de plátano con aceite de no sé qué para rostro y cabello. Como no tengo aceite de no sé qué, básicamente voy a dedicarme a aplastar un plátano a ver qué pasa. Las instrucciones son más o menos las siguientes:

– Aplástalo bien hasta que quede una masa. Hecho.

– Aplícalo por el cabello y el cuero cabelludo. Esto no fue tan fácil. Después de aplastarlo bien, me he quedado, como una tonta, mirando el cuenco lleno de puré de plátano, pero todo sea por un pelo brillante y al gritito agudo de qué asco,qué asco, qué asco me lo he ido extendiendo por el cabello y el cuero cabelludo.

El potingue sobrante me lo he estampado en la cara con la misma delicadeza que un albañil pone cemento en los ladrillos. Una vez superado el embadurnamiento, evitado morir ahogada por culpa de un trozo de plátano furtivo que se me ha colado por uno de los agujeros de la nariz, tocaba el toque final ¿una guinda? NO. Mejor, mucho mejor, porque si estar en el cuarto de baño con la cabeza oliendo a plátano observando cómo los tropezones se me van poniendo color marrón, no fuera suficientemente ridículo, aún falta cubrirme el pelo con papel transparente. AHORA SI. Ahora sí que me siento completamente humillada. Digo yo que esto de cubrirse la cabeza sea para evitar que la macedonia se estropee, que con el calor nunca se sabe, lo raro es que no aconsejen meter la cabeza en el frigorífico para una mejor conservación.

Bien, pues ahora que ya he perdido toda la dignidad que me quedaba, toca esperar 45 minutos para regocijo de mi familia que me miran como diciendo “pobrecita, qué habremos hecho mal”. Después de aguantar unos 15-20 minutos, porque el olor ya me estaba dando arcadas, he decidido lavarme el pelo, la cara y básicamente me he duchado, para eliminar todo rastro de olor a fruta pasada.

En ningún manual de instrucciones de todos esos artículos se advierte de lo complicado que es desembarazarse de semejante papilla. Bien, tras comprobar que el agua no estuviera muy caliente para evitar que al mezclarse con el azúcar del plátano mi pelo se convirtiera en almíbar, me he aplicado a fondo para quitarme la mascarilla. Dos jabonadas después, peinarme el pelo con un peine de la misma forma que peinan las madres a sus hijos en busca de piojos, otra jabonada de prevención, el experimento ha llegado a su fin.

¿Veredicto? Pelo suave durante un rato, la cara tersa y del tacto de la seda – ná, miento, así ya la tenía- y plato de ducha cubierto por trozos de plátano. La próxima vez (aún no sé si la habrá) casi mejor pasar el plátano por la batidora para evitarme el engorro de quitarme los grumitos del pelo. El testimonio lo escribí ayer, a mano (ni por asomo me acercaba al ordenador con toda la pegajosidad que tenía encima), en “directo” para que no se me olvidara ningún detalle del proceso.

Jpeg
Aquí la prueba.

Alguno pensará que he exagerado, yo os aseguro que no. Lo que no voy a negar es que, por naturaleza, soy torpe y bastante desastre para este tipo de cosas, así que mejor será comprar mis mascarillas en el supermercado y no en la frutería, porque última vez que me humilla una fruta.

Sed buenos.

Danae  

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