¿Me se escucha?

Ya me disculparéis, pero sigo con la mosca detrás de la oreja. En la última entrada aproveché un concierto para opinar acerca del postureo y de los móviles. El móvil es mi mosca cojonera particular, sé que está ahí, le veo, le oigo y, si puedo, le ignoro; pero claro, si no contesto al instante me sueltan un ¡Para qué coño tienes el móvil!. Esto es para mí un “hola” como otro cualquiera, pero sí… para qué coño tendré yo el móvil…pero lo tengo, porque viene muy bien para infinidad de situaciones.Y sí, no voy a mentir, soy una dejada, puedo meterlo en el bolso y olvidarme de él, o tener que recargar la batería y usarlo como excusa para abandonarlo en un rincón de la casa… en definitiva, no me gusta el móvil, no me gusta tener que estar pendiente de él y lo demuestro cada día de mi vida.

Y esto lo digo porque el otro día mi buena amiga Mayte me llamó un par de veces y yo, como buena dejada, me dejé el móvil en casa. Al regresar y ver las llamadas, le llamé y le solté un perdona chica que es que estaba en la calle a lo que ella contestó Claro, que el móvil no lo puedes usar en la calle. Mira, yo estoy en la calle y hablo contigo. Touché. A veces olvido que lo bueno que tiene el teléfono móvil es precisamente eso, que es móvil porque si no, sería fijo y entonces no estaría escribiendo estas líneas. El móvil, la gracia que tiene es que nos permite hablar cuando y donde queramos (vaya obviedades estoy diciendo), siempre que la cobertura no juegue al escondite. Esto sería perfecto si no fuera porque, además de que el mundo vive pegado a un teléfono y soy una dejada, cuando estoy fuera de casa nada más descolgar el teléfono… me convierto en mi abuelo: acabo gritando, vamos que sólo me hace falta decir ¡ME SE ESCUCHA! Todo glamour, vaya. Y como grito pues prefiero hablar en mi casa, así que ¿para qué pasearlo? Resumiendo…no me gusta el móvil porque soy una gritona pero también porque no me gusta que los demás se enteren de mi vida, algo inevitable al gritar como una energúmena.

No me gusta contar mi vida (por teléfono) mientras ando por el centro de la ciudad, llamadme loca pero al igual que a mí me importa muy poco la vida de los demás, al resto de la gente le debe importar ídem la mía. No me importa que la niña que me voy a cruzar hable por whatsapp sobre Fulanito, el cual le dijo de ir a tomar algo pero que resulta que no, pero qué fuerte me parece, todo esto sin pegar la oreja del móvil, porque ahora gracias al maldito whatsapp podemos hablar como si tuviéramos un walkie talkie. Pero no es cosa de la edad, porque la señora que camina delante a paso de procesión y habla al modo tradicional -con la oreja tan pegada al aparato que la pantalla del móvil caen gotas de sudor-, también está preocupada porque tiene que hacer recados mientras sus hijos están por ahí y blablablá. Por si sus gritos no fueran suficientes, al vivir en un mundo en donde hay más coches que neuronas, el volumen de la conversación ha de estar alto de modo que, a la amiga también se le oye en un radio de 10 km.

Esta aversión me ha hecho ganar los apelativos de analógica, vintage (que aún no sé cómo he de tomarme eso), y atraer los comentarios de Pues para lo joven que eres qué asco le tienes a las tecnologías… pues el mismo que le tengo a los que viven pegado al móvil dejando ignorando amigos y conversaciones mejores que las que tienen lugar en su whatsapp.

Sí, el teléfono móvil mola, ayuda y es útil, en eso estamos de acuerdo pero estar pegado a él, NO. Y sí, puede que le tenga tirria porque me den pena esas cabinas telefónicas tan solitarias, sucias e incomprendidas. Aún así creo que el móvil se alimenta de nuestras neuronas y la culpa es solo nuestra. También puede ser que esa tirria se deba a que, simplemente desentone con el resto del mundo, quien sabe…por el momento sólo puedo decir lo mismo que Michel Foucault…

No me pregunten quien soy, ni me pidan que siga siendo el mismo” 

…porque, sinceramente no tengo ni idea ni quien soy ni quien seré mañana cuando ignore de nuevo el teléfono.

Sed buenos y ¡dejad el móvil mientras leéis!

Danae

Sed buenos.

Danae

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