Leer no tiene imperativo

El otro día mi hermano vio que tenía encima de la mesa “La vida es sueño” y me preguntó si  lo estaba releyendo. “Es que no lo he leído” le contesté, y mi hermano pensativo me preguntó si no me lo mandaron en el colegio para redactar el obligado (no podía ser de otra manera) resumen; negué con la cabeza. Calderón de la Barca es un autor destacado en la historia de la literatura, sin embargo yo no he leído ninguna obra suya y el colegio, que yo recuerde, tampoco lo vio tan importante. Sin embargo, de haberlo leído obligada ¿lo hubiera hecho con gusto o sólo lo hubiera tratado como un deber más?  Todos hemos TENIDO (sí, recalco el verbo tener)  que leer obras bajo amenaza de suspenso. Algunas gustaron y otras no, pero se leyeron (o se copiaron resúmenes ajenos, según la vagueza de cada uno), pero el objetivo estaba cumplido, que era lo importante. Aquí vuelve a ver la luz la estupidez humana, porque todos sabemos que en el momento en el que nos obligan a hacer algo es porque no es divertido y, por tanto, lo llevamos a cabo de mala gana; de la misma forma que si nos prohíben algo es porque tiene que molar un montón ¿verdad? Ellos mandaban y nosotros cumplíamos, no había más, pero ¿alguien se enteró de lo que leyó? ¿No es esto un insulto al escritor? Si trasladamos esto mismo al ámbito de la cocina, si un chef de prestigio viera que sus comensales tragan su comida como patos, echan sal a su plato y comen pan para “empujar” ¿No se ofendería? El New York Times le califica como el mejor cocinero de la historia, sin embargo, muchos no ven nada especial en sus platos y lo comen, porque hay que probarlo porque es el mejor ¿No ocurre lo mismo en el ámbito literario?

Personalmente, me opongo a que exista la lectura obligatoria porque, desde mi punto de vista, leer obligado -o lo que sea-  no es leer, no se disfruta igual que si el libro es escogido por curiosidad o puro azar y, mucho menos se piensa sobre su contenido dado que se trata de una orden que acatamos sin molestarnos en aprender. Leer como efecto de una orden, es igual que estudiar de memoria: metes información con calzador y, de la presión, sale de la misma.  Pero si alguno cree que esta obligatoriedad literaria finaliza al recibir nuestro título de Bachiller está muy equivocado, porque como somos unos tontacos que buscamos agobiarnos a nosotros mismos,  existen libros como el titulado “1001 libros que hay que leer antes de morir”, que sólo demuestra una cosa: que el autor no tiene abuela. Me parece una burrada que alguien se autoproclame juez absoluto de lo literario (o de lo que sea) y crea tener el poder de decidir qué libros merecen la pena ser salvados del olvido  y qué libros no. Aparte de la obviedad de que, dependiendo quien lo escriba, la lista será siempre distinta  -no creo que a un japonés le importe mucho El Conde Lucanor-. Y otra cosa os voy a decir, titular una lista acompañado de un “antes de morir” agobia mucho, a ver si no nos va a dar tiempo a leernos todos esos libros y vamos a tener que llevarnos el trabajo al más allá; y yo no sé cómo irá, pero a no ser que el ataúd sea como la TARDIS (más grande por dentro que por fuera), la falta de espacio puede llegar a ser un problema, y no digamos nada si nos incineran.

tardis
¿Será la solución al problema de los lectores rezagados?

Uno de los libros que tienen la etiqueta de “lectura obligada” que todos tenemos en casa, pero que pocos han leído es “El Quijote”. Y que seamos reticentes a leerlo no es porque sea aburrido, simplemente nos cuesta y lo tenemos cogiendo polvo en la estantería porque es una obra que hay que tener y ya está. Lo vemos de reojo, todo rechoncho y polvoriento, con una letra pequeña y encima con ese cartel invisible de “ME TIENES QUE LEER”…pues sí, da pereza, ¡cómo no la va a dar! Hay quien dirá que eso es una excusa absurda -y lo es, eso que quede claro- porque existen nuevas ediciones con letra más grande y  que traen hasta dibujitos para entretener nuestros ojos cansados. Incluso se está hablando de transcribirlo al lenguaje actual para atraer al sector más joven de la población, algo así como…

 –Eh Sancho colega, voy  a por esos gigantes…que no, que no son molinos ¿no ves que esos pavos son tan grandes como el gorila del Pachá?¿No me acompañas? Eres un rajao…-

Claro que si no estamos contentos con humillar a Cervantes de esta manera y recurrir a la cirugía estética para que sea más atractiva -para que luego digan que lo importante es el interior-, siempre podrá venderse “El Quijote” con un par de calcetines con botones para que sea el propio profesor quien cuente a sus alumnos, a modo de teatro, la historia del valiente hidalgo. Por lo que se ve sólo existen dos opciones: obligar al lector o destrozar la literatura, la libre elección de la persona no entra en consideración.

Ya siento toda esta parrafada, con lo fácil que hubiera sido copiar lo que dijo Jose Luis Borges acerca de este tema:

El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta “el modo imperativo”. Yo siempre les aconsejé a mis estudiantes que si un libro los aburre lo dejen; que no lo lean porque es famoso, que no lean un libro porque es moderno, que no lean un libro porque es antiguo. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz.

Leer y ser felices con lo que tenemos entre manos, es lo único que debería interesar al mundo educativo ( y al mundo en general). Eso sí, los que aún estáis en el instituto, recordad que hablamos de literatura, así que no se os ocurra llevar a clase “50 sombras de Grey”.

Sed buenos.

Danae

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