Desigualdad a grito pelado

El martes fue el Día Internacional de la Mujer. Sí, lo sé, no os cuento nada nuevo porque, como suele ser habitual en mí, escribo sobre ello una vez que ha pasado el día clave. Siempre lo hago, me gusta observar cómo se desarrolla, no me gusta escribir rápido sobre algo que no me ha dado tiempo a digerir, llamadme reflexiva o que soy de efecto retardado, eso ya lo dejo a vuestra elección.

¿Y qué he sacado en claro tras reflexionar sobre el 8 de marzo? Que estamos como putas cabras, así hablando pronto y mal. Esto no es nuevo ni es la primera vez que lo digo ni mucho menos será la última porque la realidad está ahí y parece que nos empeñamos en demostrar tal rasgo. ¿Y cómo he llegado a esa conclusión? Queridos niños, poneos cómodos que allá voy:

Eso de construir una sociedad equitativa va más lento de lo que a muchos nos gustaría. Hemos avanzado pero poco, y eso lo decimos quienes vivimos en la parte “buena” del mundo, donde las mujeres podemos decir lo que queramos y vivir a nuestra manera sin acabar apedreadas. Sin embargo, otras están mucho peor de lo que nosotras estamos -tanto que ni podemos llegar a imaginarlo- y por eso aún hoy, a pesar de tanta evolución y tanta zarandaja, necesitamos un Día para recordar que aún  queda mucho por hacer.

El Día Internacional de la Mujer,  antes conocido como el Día de la mujer trabajadora, adjetivo que se eliminó por su redundancia. La mujer siempre ha trabajado, ya sea en casa, cuidando a los demás o en un entorno laboral propiamente dicho (o en las tres). Esto es un hecho, lo cual no quiere decir que SOLO las mujeres soporten esa carga, ya que existen hombres que del peso que sostienen sobre sus hombros tienen sus espaldas curvadas. Pero la realidad, la triste y asquerosa verdad, es que aquí igualdades las justas. A pesar de esto  muchos se preguntarán cuestiones del tipo  ¿Y el hombre no tiene su día? y recibirán las correspondientes contestaciones de todos los días son del hombre ¿Y sabéis qué pasa con esto? Que nos metemos en un bucle de a ver quien tiene más problemas y más necesidades y terminamos por meternos en un jardín laberíntico que hace que nos alejemos del problema en sí: la DESIGUALDAD. Ya está, no deberíamos hablar de otra cosa ni adentrarnos en discusiones en el que destacan las situaciones hipotéticas o las situaciones tan sumamente personales  que sólo existen cinco casos en el mundo. Pues bien, a  ver si queda claro: la mujer suele cargar con más responsabilidades, lo que no quiere decir que no existan hombres que también lo hagan pero, lo más importante, esto no significa que la mujer sea mejor que el hombre ni que éste sea un cero a la izquierda o que tenga menos derechos ¿Nos ha quedado claro? Me alegro. Continúo entonces.

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Siempre pasa lo mismo, existe un problema y vez de unirnos, cada uno decide ir por su camino: hay quienes  pierden las maneras y tiran piedras a quienes no piensan como ellos pero también quienes buscando aportar su granito de arena les sale el tiro por la culata. En el primer grupo, nos encontramos a todos aquellos que se consideran con el derecho de señalar y juzgar -debemos encontrar algún placer sexual en esto de juzgar y criticar, si no no lo entiendo- aunque sean los primeros en cagarla. Si lo celebras eres una feminazi reprimida y no celebrarlo puede malinterpretarse y corres el riesgo de que tachen de machista, lo cual te llevaría directo a la hoguera; pero si encima no estás de acuerdo con lo que oyes, y lo dices…ya directamente te enchufan con el lanzallamas. Las más radicales se vuelven locas y se lían a despotricar con lo mal que está este mundo, con lo mal que está la gente que no les apoya y mil blablablá más. Los más radicales del extremo opuesto se dedican a etiquetar a quien defiende sus ideas como feminazi o hembrista –que es lo mismo que el machismo, pero al revés, todo sea inventar palabros- porque se sienten atacados por sus ideas,porque la idea de que la mujer tenga los mismos derechos que un hombre les produce urticaria o porque sencillamente les falta un hervor. Entre un extremo y otro se sitúan los moderados, aquellos que defienden la igualdad de las personas pero que prefieren  callarse porque saben cómo acaba la cosa: lo que salga de su boca termina tergiversándose, por eso prefieren subir la cremallera y ser un mero espectador.

No me olvido del segundo grupo,  de los  “quiero hacer algo pero no sé cómo y la acabo liando”. Este año el iluso ha sido el Ayuntamiento de Valencia que decidió poner faldas a los monigotes de los semáforos.

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Fuente: El País

Qué queréis que os diga….me  parece un poco tirar el dinero. El que es machista lo seguirá siendo, dudo mucho que ningún cantamañanas  vea un monigote con faldas y le haga click el cerebro y piense ¡oh Dios mío, si el muñeco del semáforo lleva faldas y puedo cruzar la calle, será que somos todos iguales! De hecho, seguro que hay alguno que piensa que es un paso de cebra para mujeres y se anda medio Valencia buscando uno para hombres.

Hay que reconocer que este cambio le da un toque diferente a los semáforos, pero nada más. Luego hay quien dice que claro, que el poner un monigote con faldas para representar a la mujer es machista, porque no todas llevamos faldas, hombre pues no, pero tal y como lo entiendo yo, dime cómo distingues tú al monigote de la “monigota”,  que si le ponen pechos también sería criticable porque  se estaría sexualizando la imagen de la mujer -como si alguien pudiera excitarse con el muñeco del semáforo, no ¿verdad?-Total que aquí nadie se siente cómodo ni se siente identificado con nada y el señor Ribó lleva toda la semana dándose cabezazos con lo que pille.

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Pues así anda la cosa niños: unos quejándose por todo y otros poniendo faldas a los muñecos del semáforo. ¿Y qué? ¿Qué pasa con todo esto? Pasa que mientras unos se gritan y los otros exponen su arte feminista, las mujeres seguimos cobrando menos y pagando más por ciertos productos sólo por estar teñidos de rosa – ya hablaré sobre la relación de mujer-rosa por parte de las empresas, ya…-. Pasa que nos limitamos a decir lo mal repartido que está el mundo, pero nos cuesta horrores cambiar la situación, seguramente porque muchos perderían ciertos privilegios; pasa que parece que hemos venido a este mundo para sacar punta a todo lo que pillemos y para alzar la voz hasta desgañitarnos. Todos sabemos gritar, no queremos que nadie silencie nuestra opinión y alzamos aún  más la voz y ocurre lo mismo que en un plató de Sálvame, que se oyen muchos berridos pero no se escucha nada porque es imposible. Todos voceamos pero muy pocos saben hablar y  mucho menos aportar soluciones. Y ¿qué pasa? Que por unos o por otros, la casa sin barrer.

Sed buenos.

Danae

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