Volvamos a ser niños

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La putada de vivir es que uno se hace mayor. Sí, ya lo sé. Toda etapa es bonita y blablablá, pero cumplir años nos fastidia a todos por igual,  sobre todo cuando ya sobrepasas la treintena. Pero fastidioso de verdad en esto del crecer es que uno, con los años, se olvida del niño que tiene (o si es tarde, tuvo) dentro.  Y eso es un error garrafal porque, queridos niños, eso significa que hemos perdido naturalidad, curiosidad, frescura; significa que hemos dejado de hacer cosas porque sí. Ahora necesitamos un motivo, un horario, un porqué.

Por eso mismo os traigo algunos motivos por los que recuperar gestos que dejamos olvidados en nuestra infancia:

Mirar lo que nos rodea como si fuera la primera vez.

Ser curiosos, convertirnos en esponjas de un conocimiento que espera ahí para nosotros. Nos hemos acostumbrado a vivir en la rutina. A hacer las cosas casi de forma mecánica. Desayunamos lo mismo, recorremos las mismas calles, cogemos la misma línea de metro/bus. Nos ponemos los cascos, nos quedamos absortos en el móvil y allá vamos. ¿Qué pasaría si fuéramos más despacio? ¿Qué pasaría si nos fijáramos en esas caras desconocidas que nos cruzamos todos los días que creemos que son idénticas pero que no pueden ser más diferentes? ¿Y si en vez de calles, metros, autobuses, viésemos historias y nos preguntáramos por ellas y por esas personas que las protagonizan?

Ser espontáneos

Con esto no me refiero a hacer lo que nos dé la gana o decir lo primero que nos venga a la mente sin pensar en las consecuencias. No, hablo de no pensar tanto en el que dirán, de dejarnos de frases tipo Ay, por favor que ya tienes una edad o Qué van a pensar y demás zarandajas. A medida que cumplimos años todo lo que nos rodea nos va aprisionando un poco más: qué decir, qué hacer e incluso cómo vestir, tiene como consecuencia una pérdida de esa naturalidad tan característica de cuando éramos peques.

Preguntar

Todos odiamos esa etapa en el que los niños preguntan el por qué de absolutamente todo. Bien, NO hay que llegar a ese extremo ¿Qué tal si nos preguntamos la causa de lo que nos rodea? A lo mejor averiguamos que esa persona no es tan gruñona como parece sino que resulta que está pasando una mala temporada, tal vez consumiéramos menos si supiéramos de dónde proviene todo lo que metemos en nuestra casa, e incluso descubriríamos mucho sobre nosotros mismos. La cuestión es no dar las cosas por hechas y preguntar…preguntarnos siempre, para poder encontrar respuestas

Jugar

Esto lo hemos perdido amigos. Apenas jugamos. De niños, nos metíamos en la cocina y fingíamos ser chefs, nos “maquillábamos como mamá” –esta era la teoría, luego parecía que te había disparado la escopeta de homer-, corríamos, saltábamos…todo lo hacíamos por diversión. ¿Por qué no recuperar eso? ¿Por qué no dejar por un momento la manía del hacer para llegar a un objetivo? ¿Por qué no cocinar a ver qué pasa? ¿Qué tal experimentar con el maquillaje  o crear peinados mientras cantamos a grito pelado nuestra canción favorita? ¿Volvemos a hacernos peinados con la espuma del champú?

Ir a nuestra bola

Mi hermano me suele recordar las veces que me ponía a cantar o bailar en la terraza sin importar lo que pensaran de mí. Me he dado cuenta de que a medida que crecemos vamos perdiendo esa indiferencia hacia lo que nos rodea, y nos convertimos en seres pendientes del “qué dirán”. Puede que no siempre, ni en todas las ocasiones, pero muchas veces dejamos de hacer ciertas cosas porque hay que comportarse correctamente. ¿Recordáis cuando os vuestra abuela os decía que había que  comportarse como un niño grande? ¿Le hacíais caso? Pues eso.

Soñar

No perdamos esto nunca. Soñemos que podemos ser cualquier cosa, que podemos llegar a convertirnos en quien realmente queremos. Soñemos realidades futuras y fantasías. Dejemos que la imaginación nos llene la cabeza de pájaros más allá de las horas de sueño. Soñar, que bonita palabra. No la pronunciemos en vano. Simplemente invirtamos unos minutos al día a ello. Despiertos. Sin límites. Disfrutando.

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A ver, no vayáis ahora a comportaros como un niño de seis años. NO.  Pero no estaría de más recordar que una vez fuimos naturales, que desconocíamos lo que significaba ser conformista, qué hacíamos cosas porque sí y que éramos felices con muy poco. Tenemos que recuperar todo aquello, yo la primera, solo para recordar lo que es ser un niño sin preocupaciones, solo por un momento seamos nosotros de verdad, sin artificios, sin miedos, sin “el qué dirán”. Solo por un momento, seamos niños de nuevo, aunque solo sea camino a casa.

Sed buenos.

Danae.

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