Viaje al pasado

Unan vez más tengo el cerebro atascado, una sensación que ya me es conocida pero que fastidia igualmente. Así que, buscando un empujoncito,  he buscado en mis anotaciones, en entradas sin acabar que, me temo, nunca serán publicadas. He abierto cuadernos en donde conviven recetas, textos ilegibles y listas de la compra, todo bien mezclado y revuelto, y también he echado mano de libros no para leer fragmentos inspiradores, sino para ver si entre sus hojas me había dejado algún post it o alguna hoja de esas que garabateo cuando se me ocurre alguna idea. Y, efectivamente, me he encontrado con lo siguiente:

Aquella época en la que podíamos expresarlo todo con frases que encontrábamos en la Super Pop y similares.

Ya está. Eso es todo. Nada más. Está claro que cuando uno busca no encuentra, sobre todo si no sabe lo que está buscando. Sin embargo, esta frase tan tonta que sirvió para escribir una entrada, me ha llevado a buscar una agenda de 1999 que usé en mi adolescencia para escribir absolutamente TODAS las frases que caían entre mis manos. Una agenda que ya daba muestras de mi caótica organización: frases de Bob Dylan o Ghandi compartían espacio en la misma hoja que las que encontraba en las revistas de adolescentes y con mis declaraciones de amor a un tal Antonio de quien tan enamorada estaba en el colegio.

Me parece bonito recordar todo eso, toda esa ingenuidad, ver el poder que tenían ese puñado de palabras sinsentido, cómo la incongruencia reinaba no solo en ese cuaderno sino también en mi vida, en donde lo superficial y más profundo convivían -tal como lo siguen haciendo ahora- en paz y armonía. Cada uno con su espacio, sin pisarse, sin creerse más que el otro.

Una agenda que ha supuesto un regreso al pasado. Volver a esos garabatos hechos por mí, a los textos escritos por compañeros que no he vuelto a ver, a leer promesas de amistad “4ever” que se rompieron al poco tiempo, a recordar nombres de quienes ya no me acordaba, a releer frases magníficas de personas que no sabía de su existencia.

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Fue el boom de las frases, de los cuadernos llenos de intenciones, de carpetas que desteñían con la lluvia de la cantidad de tinta que tenían en su interior, fue la época de “vamos a comernos el mundo y que nadie nos diga lo contrario”, de los amores ingenuos y del “jamás podrán separarnos”.

Es bonito joder, muy bonito. Una agenda de hace tropocientos años que mantiene el espíritu infantil e ingenuo de quien se aferraba a la idea de que se podía conseguir cualquier cosa solo con proponérselo y algo de esfuerzo.

Teniendo en cuenta que, por el momento, me toca aguantar esa horrible sensación  “quiero escribir pero no me sale nada” una servidora se consuela lanzando alguna que otra carcajada al leer grandes poemas de amor como No eres ni vino ni casera pero ayer pensando en ti me caí por la escalera se dan la mano con frases pronunciadas por los intelectuales de final del s. XX  como Nick Carter. Está claro que no hay mal que por bien no venga, porque no sabéis lo bien que me está viniendo recordar todo ese mundo adolescente al que pertenecí.

Sed buenos

Danae

P.D: Carrocerías Rey, de nada. Muy pocos pueden presumir de salir en documentos históricos como este.

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