Aquel 28 de febrero

Suena el despertador. Sales de la cama a regañadientes. Te restriegas las legañas. Subes la persiana y todo cambia. Las calles de siempre están vestidas de blanco, se han puesto sus mejores galas solo para alegrarnos el último día de febrero.

Nieve amigos ¡Nieve! Nieve en una ciudad de costa, aquí en el Norte. Es entonces cuando un día normal, se convierte en extraordinario. Subes las persianas y despiertas a quien tengas que despertar porque ¡está nevando! Sorpresa, alegría y el niño que llevamos dentro grita como un loco de la emoción. Una emoción contagiosa que nosotros, ya adultos, apenas podemos reprimir.

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Los niños no querían ir al cole. Los adultos tampoco ir a trabajar. Una servidora caminó un ratito hacia el trabajo antes de coger el autobús, solo para poder disfrutar de ese milagro navideño tardío (a veces viene con retraso, no nos vamos a poner quisquillosos). Me sorprendí sonriendo, observando todo ese manto blanco, disfruté ver a los universitarios tirándose bolas de nieve y a algún que otro lobo solitario que, camino a clase, hizo una bola solo para sostenerla entre las manos.

Queríamos ver la nieve, vivirla, sentirla. ¡Vamos a contemplar la nieve hasta caer de cansancio!* Porque dura poco. Y duró tan poco que cuando salí a comer ya no quedaba rastro. Lo bueno si breve dos veces bueno y mejor que sea así. Antes de que nos quejemos de lo difícil que se hace circular, de las posibles caídas y de todo ese engorro que puede ocasionar una nevada prolongada… Mejor quedarse con esa sonrisa de niño, con ese cosquilleo infantil, con esa ilusión reflejada en la mirada, con esa emoción apenas contenida. No esperemos a la próxima nevada para emocionarnos sin límites, para ilusionarnos por esas pequeñas cosas…

no esperemos a la próxima nevada para convertir un día cualquiera en uno extraordinario.

Y esto lo escribo hoy, un día en el que el sol ha decidido salir a darse un paseo y calentarnos un poco las narices y deja el recuerdo de la nieve como una mera anécdota. Pero yo,  a pesar del buen tiempo, pienso en lo bonito que es (será) recordar aquel 28 de febrero, el día en que la nieve nos volvió niños.

Sed buenos

Danae

*Matsuo Basho

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