El primer amor y la oportunidad perdida

El otro día me encontré en el gimnasio a quien podría llamar mi primer amor. Mismo colegio, mismo autobús, cinco años de diferencia y, realmente solo supe de su existencia cuando estuvo a punto de irse, nunca fui muy rápida en estos temas.

El caso es que ahí estaba yo con el pelo sucio sujeto por una cinta negra y toda la ropa oscura de gimnasio que pude encontrar en mi armario. Así que yo, la Jane Fonda gótica del norte me encontraba ejercitando mis cuádriceps o, lo que es lo mismo, abriendo y cerrando piernas cuando, de repente le vi a él. Sí, no, sí, no. Sí, era él. Le miré, me miró, le miré, volvió a devolverme la mirada y yo, finalmente, la desvié. Yo me gritaba a mí misma: ¿Pero qué haces idiota? ¡Salúdale como en otras ocasiones! No lo hice.

En otro momento me hubiera acercado, pero por un motivo que aún desconozco me removió algo que no sabía que aún sentía y me volví pequeña, tímida y tan torpe que preferí sentarme en la bici estática y no girar la cabeza.

Sé que esta historia parece más digna de una adolescente que de una adulta hecha y derecha pero amigos, no se puede tener todo en este mundo y yo no tengo ninguna facilidad a la hora de lanzarme al mundo de las relaciones/amor/comoqueráisllamaraesto. Así que como buena adolescente que parece que soy, me sorprendo un domingo por la tarde tirada en el sofá comiéndome la cabeza- porque otra cosa no, pero eso se me da de maravilla- y diciendo adiós con la manita a la oportunidad de retomar el contacto con el muchacho que, a pesar del tiempo transcurrido, sé que nunca me dejó de gustar.

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A todo esto ¿Adónde coño van las oportunidades perdidas? Yo me las imagino todas juntas en un bar lleno de humo escuchando Blues, todo en blanco y negro, todo deprimente, tan deprimente como esa sensación de vértigo en la boca del estómago que te produce estar frente a una oportunidad y no ser capaz de aprovecharla. Ese miedo, esa indecisión, ese instante en el que todo parece ir más deprisa y tú no eres capaz de seguir el ritmo. Sí, no, sí, no…NO.  Y adiós. Ya nos lo cantó Kansas, I close my eyes, only for a moment, and the moment’s gone Y eso pasa demasiadas veces. El momento se pira y cuando nos damos cuenta ahí nos hemos quedado, con cara de gilipollas preguntando ¿Pero qué narices ha pasado?

Las oportunidades se van con la misma facilidad con la que vienen y uno solo puede aferrarse a la idea del destino, de que si tiene que ser, será; total quien no se consuela es porque no quiere ¿verdad? Pero hasta que todo pasa, hasta que asumes que lo que tenga que ser será porque ya no puedes hacer nada al respecto, tu cabeza no para de dar vueltas imaginándose las mil y una posibles situaciones que hubieran tenido lugar de haber tenido el valor de dar el paso. Situaciones ficticias, algunas demasiado absurdas como para creérselas, pero no importa porque nuestro lado masoquista está a tope.

Yo, como aún estoy en esa etapa de absurdidad y masoquismo ,aquí estoy pensando en ese amor del colegio con el que he hablado un puñado de veces y preguntándome si le volveré a ver.

Sed buenos

Danae

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