Solo para nosotros

Estos días he estado reflexionando acerca de lo mucho que nos gusta compartir nuestra vida. No solo ahora, sino desde siempre. Lo que ocurre es que  los medios han cambiado y ahora nos resulta de lo más sencillo.

Antes en vez de redes sociales, teníamos nuestras carpetas en donde pegábamos fotos que nos gustaban y escribíamos las frases que leíamos por ahí. Ahora todo va para Facebook o Instagram o la red que más os guste. Las formas han cambiado pero el si nadie lo ve, no existe lo tenemos bien arraigado en nuestro inconsciente. Si nadie sabe lo que escribimos, si no muestro mis pinturas, o mi vestido nuevo, o mi colección de figuritas de porcelana… ¿Existe en realidad? ¿Para qué se tiene si no es para compartir?

Todos lo hacemos. Todos enseñamos lo que queremos, a todos nos encanta mostrar nuestro trabajo, nuestros hobbies, lo que sea. Parece que es una forma de decirnos si alguien lo ve, entonces ha merecido la pena. Y entonces yo, que también comparto lo que hago porque es bonito compartir aquello en lo que uno ha invertido tiempo y esfuerzo, voy y me pregunto ¿será tan especial para los demás como lo es para mí?

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Si yo comparto, por ejemplo, una frase que cambió mi forma de ver la realidad, si eso que a MÍ me resultó tan especial lo lanzo al frío Internet, en donde tantas frases se sienten solas e infravaloradas ¿Dejaría de ser especial? Porque me da miedo dar la razón a Elvira Lindo cuando dijo que Cualquier frase, por bella que sea, entrecomillada y colgada en un muro de Facebook siempre va a acabar pareciendo escrita por Paulo Coelho. Y como jodería eso ¿verdad? Porque resulta que ese puñado de palabras que logró emocionarte, ahora resulta que es una más que, de tanto leerse por encima, acaba perdiendo su valor.

Y esto mismo ocurre con todo lo demás. Cada texto que escribimos en la intimidad de nuestra habitación, esa ilustración con la que queremos decir tantas cosas, ese libro que nos cambió la vida, la película que nos hizo sentir bien con nosotros mismos…todo eso que para nosotros es un mundo, al ser compartido corre el riesgo de perder todo ese valor que solo nosotros le hemos dado. Porque al fin y al cabo, somos nosotros quien le proporcionamos ese “algo especial”, el objeto en sí no vale nada. Y ocurre lo que puede ocurrir en estas ocasiones, que lo que antes era único, ahora es solo una cosa más, porque nadie lo ve como tú.

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Y repito: todos compartimos, porque está muy bien compartir porque así conocemos otros mundos dentro del nuestro propio, porque es maravilloso poder enseñar al mundo lo que hemos hecho o lo que nos hace sentir tan bien. Solo digo que, tal vez, y solo tal vez, deberíamos dejar algo para nosotros mismos, como cuando éramos pequeños y guardábamos todo lo que nos gustaba en una caja cuya existencia solo conocíamos nosotros. Ese era nuestro tesoro, era SOLO nuestro y eso era precisamente lo que les convertía en algo tan especial. Y eso es lo que debemos recuperar, tener algo, por pequeño que sea solo para nosotros, y mantenerlo en secreto, igual que cuando éramos niños.

Sed buenos

Danae

Prohibido despatarrarse

Ha vuelto a pasar, ya tengo otro palabro de los que tanto me gustan y no puedo decir más que ME EN-CAN-TA. Así de clarito.

La palabra en cuestión es Manspreading, en inglés, como no podía ser de otra manera, que no significa otra cosa que esa tendencia (sobre todo en los hombres) que sentarse despatarrado -muy molesto cuando vas en transporte público- y que les lleva a ocupar dos sitios en vez de uno.

Pero, empecemos por el principio. Me encontré un artículo de la revista ICON que hablaba acerca de la iniciativa del Ayuntamiento de Madrid de publicar una serie de normas para viajar en transporte público. No poner los pies en los asientos, no fumar, ceder el asiento cuando proceda y esas cosas taaaaaan de sentido común y educación que nos tienen que recordar solo por si acaso porque todo el mundo las cumple ¿verdad? Bien, pues entre esas reglas está la de NO al despatarre masculino y, como era de esperar, muchos se han tirado de los pelos.

Sí, es cierto que los hombres tienden más a abrir las piernas y ocupar más espacio que las mujeres. Ignoro si es porque no quieren dar calor a sus huevecillos, si es que les molestan o si simplemente es porque están más cómodos. No tengo ni idea, ya ha salido alguno desmintiendo eso de que “es para no apretarlos”, sea como fuere la polémica ya está montada. Y yo, que no tengo nada que hacer en estos momento, quiero opinar sobre ello.

Como siempre, tengo que decir que, además de humillante, me parece muy triste que nos tengan que decir lo básico. Pero como ya está demostrado que somos un poco tontos, lo voy a pasar por alto. Entiendo que si uno está en la soledad del par de asientos del autobús, nadie le moleste un tío con las piernas más abiertas de lo normal, ni un tío y ni una tía, porque por si alguien no lo sabe, las mujeres, de vez en cuando, también somos muy de despatarrarnos. ¿Qué ocurre con todo esto? Pues lo de siempre que sale el que se defiende atacando y suelta un Pues las mujeres también ocupan dos asientos dejando el bolso en el que está libre. Totalmente de acuerdo. Yo misma, cuando llevo un bolso grande lo hago si no hay gente y, como creo que cualquiera mujer, lo quito cuando viene alguien para que se siente, como creo- o me gustaría creer- que cualquier despatarrado cierre las piernas – y las mantenga bien cerraditas- si ve que alguien se va a sentar.

Pero bueno, el caso es que además de mala educación, hay quienes tachan el gesto de machismo. Yo no sabría que deciros. Yo he visto una fila de tíos con las piernas abiertas sentados en un banco y, oye, si a ellos no les molesta…pero si en vez de hombres, fuera solo uno y el resto mujeres y él tuviera las piernas abiertas, dudo que lo haga porque se crea más que la mujer, sino simplemente porque está acostumbrado a ello. Claro, entraríamos en el debate de a las mujeres siempre se nos ha dicho que hay que cerrar las piernas y a los chicos no, porque nosotras teníamos que sentarnos como señoritas. Yo, sinceramente, no voy a entrar en esta guerra porque para mí esto es MALA EDUCACIÓN, con mayúsculas y en negrita.

Es mala educación estar sentado con las piernas abiertas, es mala educación ocupar dos asientos con el bolso, las bolsas de la compra o lo que se os ocurra y no dejar sentarse y lo es no ceder el asiento  a una persona con muletas o a una persona mayor que sabes que al primer frenazo del señor autobusero va a terminar en el suelo. Simple y llanamente mala educación.

Podríamos decir que debido a siglos y siglos de machismo, el hombre lo tiene arraigado en su cabecita y ve su gesto de despatarre como algo normal. Pero como ya he dicho,  he visto a hombres despatarrados ocupando el espacio de otro hombre sin despatarrar, he visto muchos despatarrados juntos y también mujeres despatarradas. Por eso mismo, me parece un poco simple recurrir al “eso lo hace porque es machista”, cuando en realidad es mala educación o incluso, si es de forma puntual, un simple despiste ¿Qué alguno se despatarrará porque se crea mejor que la mujer? Pues seguro. Ya sabemos que gilipollas hay en todas partes.

Como digo, no sé si el gesto es machista o no, yo solo veo la tristeza en que nos tengan que decir que los asientos del trasporte público no es el sofá de tu casa y que hay ciertas normas cívicas que hay que cumplir. Y es triste, porque la mayoría somos mayorcitos y aún así, nos tienen que dibujar monigotes que escenifiquen lo que NO debemos hacer como si fuéramos de párvulo.

Lo de siempre niños, que nos falta sentido común y todo parece indicar que la cosa va a peor.

Sed buenos.

Danae

 

Sologamia

Este palabro no me lo he inventado yo, lo leí en su momento no me acuerdo dónde, y quise escribir sobre ello. Y eso estoy haciendo no sé cuantas semanas después.

Sologamia, dícese de la tendencia a estar soltero y disfrutarlo. Osease que es ser un solterón pero sin connotaciones negativas, por lo que pasa a llamarse soloísta, que mola más. Vamos el no, no tengo pareja y no pasa nada porque yo me quiero mucho a mí mismo de toda la vida. Pero claro “lo normal” de toda la vida ha sido emparejarse y al soltero siempre se le ha visto como un ser que si no quiere tener pareja es un raro y si no la encuentra “es por algo”, de ahí el surgimiento de los soloístas.

Se supone que la sologamia es disfrutar la soledad, amarte mucho, y no amargarse por la situación. Vamos, que si aparece alguien, perfecto y si no, también. Pues sí, claro que es perfecto. Lo que puede suceder es que la invención del concepto en sí pueda ser tomado por muchos como un gesto desesperado por normalizar algo que no lo es. No me miréis así, todos sabemos que muchísimas personas creen que, a cierta edad, “uno” debería haberse convertido en “nosotros”.

Sin embargo, la situación parece que ya va cambiando- que conste que solo digo parece-, pero al mismo tiempo dudo que esté tan normalizada como alguno pretende hacernos creer -sobre todo, dependiendo del lugar en el que vivas-. Es obvio que se ha avanzado mucho, pero también es obvio que la sola idea de pasar la vida con uno mismo y nadie más es algo que, no solo resulta chocante para muchos sino que también provoca pavor en muchos otros.

Hay dos cosas que deberían quedar claras:

  1. Que la soltería ni es buena ni mala, que es una situación más y que solo depende de cómo se tome dicha situación la persona implicada.
  2.  los solteros somos como los emparejados,  tenemos sentimientos y esas cosas, lo que ocurre es que ante determinada gente somos unos bichos raros.

¿Y qué ocurre cuando eres considerado un bicho raro por algo que tú ves como una situación como cualquier otra? Pues que o te es indiferente y sigues con tu vida y le enseñas la mano al susodicho para que le cuente esas opiniones que tan poco te importan, o te reafirmas en tu decisión. Y entre estos últimos, algunos hasta deciden ir un paso más allá y casarse consigo mismo, así con vestido y todo. Sí, señoritos, la situación ha llegado hasta tal punto que algunos deciden “pasar por el altar”.

Casarse con uno mismo. Vaya gilipollez, diréis algunos. Pues puede ser. Personalmente no lo haría,  llevo tantos años conviviendo conmigo misma que ya es como si me conociera de toda la vida y, precisamente por eso, sé que no me gustaría una celebración de este tipo. Pero oye, ¿los demás? ¿Por qué no? Es una excusa como otra cualquiera para montar una fiesta y oye si es para compartir tu amor eterno con quienes te rodean, a pesar de que tu abuela no entienda ni un poco lo que te traes entre manos, pues perfecto. Al fin y al cabo, cada uno puede gastarse su dinero en lo que quiera ¿no? Y siempre que haya barra libre, todos estarán contentos, así que ¿qué mas da?

A mí lo que me inquieta es qué pasará el día en que se encuentre a alguien ¿Formarán un trío? ¿Se divorciará de sí mismo? ¿Se trata de un contrato inviolable y, por tanto, la poligamia estará permitida?  Demasiados vacíos legales que rellenar.

Sed buenos

Danae

Emojis

Siempre pongo emoticonos cuando escribo por Whatsapp. Las palabras no me parecen suficientes, aunque me he dado cuenta que eso sucede porque la mitad de las veces no significan nada. Así que supongo que refuerzo mis palabras con emoticonos a ver si así caen con más peso, porque  son palabras ligeras, vacías, que no se las lleva el viento porque están encerradas en una pantalla.

Whatsapp es un invento maravilloso, los emojis también- yo, personalmente los adoro- pero, como  la mayoría de las los inventos, se nos ha ido de la manos.

He mantenido discusiones y conversaciones serias por esta vía muy a mi pesar y, muy a mi pesar, he continuado con ellas porque no he visto la forma de pararlas sin acabar mal. Tal vez por temor a herir los sentimientos del otro, por miedo a no poder hablar por otra vía…No importa, al final se crean guerras de la nada basada en gilipolleces y malentendidos, más o menos como en la vida real, solo que con caras resoplando y fantasmas sacando la lengua.

Por otro lado, lo serio parece menos serio por Whatsapp. No es lo mismo mandar a la mierda que poner el emoticono de la caca sonriente, no es lo mismo, porque nadie se puede enfadar con una caca que sonríe. Pero eso no quita para que no haya enfados.

El problema real de Whatsapp, en mi caso por lo menos, es que no sé leer. Yo no leo las conversaciones de Whatsapp, las ojeo, de ahí que no me entere de la mitad de lo que se dice, que malinterprete otro tanto y que, al final, solo me quede con un porcentaje ridículamente bajo de todo lo leído.

Me canso porque no entiendo, no digiero, me atraganto con tanta palabra y  encima tengo que dejar de hacer lo que tengo entre manos para leerlo. Mi mente no lo acepta. No acepta el móvil como prolongación de mi mano. Pues no contestes me diréis, porque para hacerlo mal…Ya, el problema real no solo es que el no responder a un mensaje se toma como algo personal sino que soy incapaz de no contestar casi al momento. Al ver esa lucecita parpadeando avisándome de que tengo un mensaje, tengo que leerlo porque no sé dejar un mensaje sin leer. Y de esta manera ocurre lo que me ocurre, que escribo lo que no quiero decir porque o no me he enterado de lo que he leído o no he pensado dos veces.

Así que tenemos un no sé leer, no sé no responder y no sé ignorar a la lucecita que reclama mi atención. Es por ello, queridos niños, por lo que termine dejando el móvil tirado en cualquier parte, porque ojos que no ven luz parpadear, corazón que no siente pena por esos mensajes sin contestar- ni mente que anticipe la cantidad de enfados por parte de aquellos a los que he ignorado-.

Pero la pregunta a todo esto es que viendo el poder de los emojis sobre nosotros -ojo que tienen película propia, cosa que ni tú ni yo tenemos- y de los Gif, y de todo aquello que supla a la palabra o que refuerce aquellas carente de significado…¿Acabaremos hablando emoji en un futuro no demasiado lejano?

Doctor Who doctor who bbc sci-fi the doctor GIF

Ahí lo dejo.

Sed buenos.

Danae

Recortes

Los primeros amores (y los últimos, y los que vendrán y los que viviste entre unos y otros), las salidas con los amigos, las borracheras, las noches en vela hablando de todo, las primeras vacaciones que recuerdas con tu familia, las tardes de cine en casa, las mezclas culinarias imposibles, las discusiones con amigos, las peleas con desconocidos, las series que no te cansas de ver, las películas que te hicieron llorar y reír y mantenerte despierta de puro terror; los libros que devoraste en dos días, los que te fueron infumables, los que te salvaron de los días grises; los fragmentos que memorizas y no compartes con nadie… todo eso es de lo que nos componemos porque, queridos niños, la vida es como la carpeta de un adolescente: está compuesta por recortes de todo lo que nos importa.

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Vik Muniz

Desde la situación más superficial hasta la más profunda, todo pasa por un filtro sentimental, si no nos emociona, no entra en el club. Es así de sencillo. Lo que tienen en común esa pérdida tan dolorosa con aquel maratón de series con tus colegas es el valor que nosotros le damos. No tiene nada que ver lo uno con lo otro, lo uno duele y lo otro nos dibuja una sonrisa y, sin embargo, forman parte del mismo collage.

Recortas, guardas y te emocionas por momentos que otro no entiende, porque ahí está la gracia, son tus recortes de la historia, es TU propio collage, nadie más ha de entenderlo, al fin y al cabo  es tu selección de imágenes.

Vik Muniz (detalle New Car, 2014)

¿Qué me ha llevado a hablar de todo esto? No sabría qué contestaros. Siempre me ha gustado recortar imágenes, mis revistas parecen un queso gruyere, no lo puedo remediar, miro demasiado al pasado aunque no sea el mío y a otra realidad que seguramente nunca viviré. Puede que, simplemente al sentarme frente al ordenador haya visto mi cuaderno con recortes de todo lo que me inspira y me haya dado cuenta de lo importante que es para mí trocear la historia (la propia o la ajena) y quedarme con un trocito solo para mí.

Sed buenos

Danae

 

 

Perdidos entre tanta etiqueta

Pues no os digo yo que ahora que me animo a remangarme los pantalones y enseñar mis tobillos sin pudor alguno, van y me dicen que el hipster ha muerto.

Al parecer hace tiempo que los hipsters pasaron a mejor vida, pero ni muchas publicaciones ni yo misma, hemos sido conscientes de ello. Total que el hispter ya no mola, que son unos cansinos con sus camisas de cuadros y su manía de ir sin calcetines. Que ahora hemos pasado al yuccie, al fitser y al metroespiritual ¿cómo os quedáis? Yo con la ceja derecha levantada.

Hay decenas de artículos que hablan sobre eso, yo he escogido uno en concreto -podéis leerlo aquí– simplemente porque acompañan la definición con nombres de famosos, así por ejemplificar, pero tenéis muchos que prácticamente dicen lo mismo.

Comenzamos con el yuccie, que no es más que  el Young Urban Creative –ya sabéis en inglés mejor qué mejor- y se caracteriza por un estilo minimalista y fresco, y me ponen a Ryan Gosling como ejemplo. Osease que el joven urbano y creativo es el yuccie, si vive en un pueblo, por muy creativo que sea pues lo sentimos pero no te dejamos jugar. Por otro lado, ¿Ryan Gosling?¿minimalista? ¿En serio?

¿Quién es el fitser? Dícese de aquel que cuida su  físico, habitual en el gimnasio y que se pasa tantas horas en Instagram como haciendo abdominales. Y dicen que Vin Diesel entra en este saco. Resumiendo, el musculitos de toda la vida o cualquier concursante de Gandía Shore.

Por último, pero no por ello menos importante, tenemos al metroespiritual, con un aspecto tirando a hippie pero en plan cuidado, que defienden una serie de causas, les gusta el yoga y la comida orgánica. Y para metroespiritual, se dice se comenta, está Johnny Depp. A ver a ver a ver, que mira que a mí Juanito me encanta pero, ermmmm, cuidado lo que se dice cuidado no es. Que está bien, que es parte de su encanto, pero yo no le veo muy metroespiritual de esos.

Yo os voy a decir una cosa: no veo mucha diferencia con respecto a las demás etiquetas. Si se supone que la diferencia entre las demás tribus es su creatividad urbana, su uso masivo del Instagram o su amor por lo espiritual…pues la cosa no me parece que esté muy clara ¿no? Porque ya me perdonaréis, pero el hipster es urbano, puede ser creativo y saludar al Sol todas las mañanas. Pero que no, porque resulta que también el Yuccie es que es emprendedor,  le encantan los food trucks y llaman al guacamole guac. O sea un modernillo de toda la vida, que perfectamente podría equivaler al Oye tía vente a la party que si no vas a estar out de los noventa. Vamos, las modernidades propias de cada época que habrá quien no lo entienda, como yo, y habrá quien crea que los que no entienden somos unos carcas que estamos en contra del progreso, por ejemplo.

Vamos, lo de siempre: etiquetas etiquetas y más etiquetas para referirnos a más de lo mismo pero con pequeños matices. Basta que ya no se lleven las camisas abrochadas hasta arriba para que nazca una nueva tribu, los descamisados, seres urbanitas que luchan contra la presión del cuello de la camisa sobre su gaznate ¡Arriba la libertad del cuello!

Sea como fuere, para que te pongan una etiqueta has de ser puramente urbanita, no vale si eres de un pueblo de Albacete, o de una ciudad pequeña, si no eres de una gran urbe, no entras dentro de los parámetros establecidos. Resumiendo: nos perdemos entre tanta etiqueta.

Sed buenos.

Danae

Fantasía como bálsamo

Queridos niños, seré directa: ha sido una semana de mierda. Malas noticias y malos momentos. No os voy a hablar de porqué lo ha sido, porque sinceramente ni creo que os interese ni me apetece contarlo. Pero tampoco soy de esa clase de personas que cambian el chip con facilidad y pasan página sin problemas. No, yo no soy así. Yo pienso y reflexiono lo que pienso y pienso en lo que ha pasado y en lo delicadas que se vuelven ciertas situaciones. Rumio posibles soluciones hasta quedarme dormida, me frustro por no entender, me canso cuando me encuentro con personas con las que no se puede razonar y vuelvo a pensar en cómo puedo conseguir abrir ojos que parecen pegados con pegamento.

Me encuentro en situaciones que provocan que me sienta como cuando era niña. De pequeña no entendía por qué había pobres, no entendía las guerras, no entendía cómo el ser humano podía dejar que las personas lo pasaran mal -sigo sin hacerlo-. Simple y llanamente no entraba en mi cabeza que las personas fuéramos responsables del sufrimiento de otras. Por eso, la sensación de injusticia e impotencia me recorría todo el cuerpo sin que yo pudiera hacer otra cosa que llorar y ver cómo mi madre se desvivía por reducir esa desolación que me invadía. Aún lo hace. Porque hoy, con mis treinta años, sigo sin entender ciertas situaciones “solucionables” si fuéramos capaces de escuchar. Hay muchísimos momentos que pueden solucionarse si uno se parara  a hablar y el otro a escuchar y viceversa; si no nos aferráramos a tener la razón por encima de todo y todos. RAZONAR, me decía mi madre. Desde niña he oído ese verbo y lo he intentado llevar a la práctica a pesar de mi impulsividad, porque no puedo hacer otra cosa, salvo eso. Pero queremos tener la razón,

y preferimos mentir a darla, preferimos dañar a dar nuestro brazo a torcer, preferimos seguir encerrados en nuestra propia realidad, creernos nuestras propias mentiras antes que dialogar con quien tenemos frente a nosotros.

Y todo eso me carcome por dentro porque veo cómo una simple situación podría solucionarse con un puñado de palabras  y no lo hacemos.  Pero eso no hace que desista en mi empeño. Masoquista que es una, qué le vamos a hacer.

Resumiendo: Malas noticias. Malos momentos. Mala semana. Sin embargo, siempre me fascinará los medios de escape que nuestro cerebro utiliza para anestesiar nuestro malestar. Todos tenemos un límite y al final nuestro cerebro necesita calma.

El mío optó por lo fácil. Se zambulló en la soledad buscada, en poner un cartel Cerebro descansando. Disculpen las molestias

Mi cerebro se cansó de pensar. Acerqué el sillón a la tele, más cerca de lo que cualquier padre/madre permitiría a sus hijos, me preparé algo para picar y me puse los cascos para aislarme de cualquier ruido que pudiera crispar mis nervios. Le di al play y me “tragué” todos los capítulos nuevos de Doctor Who, incluido el especial de Navidad. A eso dediqué mi tarde del sábado. Solo a eso. Me dediqué a mí, a ver una serie que, sin saber porqué tiene propiedades calmantes. Una serie de ciencia ficción, de viajes en el tiempo y en el espacio, de alienígenas, de fantasía… Puede que sea precisamente la fantasía lo que me relaje, las historias de Michael Ende también lo hacen, no sé la causa. Aunque también  lo tienen esas frases memorables que pronuncian los protagonistas y que voy apuntando en un cuaderno porque, qué queréis que os diga, me reconfortan, hacen que me sienta comprendida. Ya veis qué cosas, me siento bien escuchando frases que algún guionista lleno de esperanza escribe para una serie de televisión.

Obviamente es solo un bálsamo. La preocupación sigue ahí, pero está bien saber que cuando el adjetivo malo se convierte en animal de compañía por una temporada, una puede contar con un plan de escape que, como un sueño reparador, puede que ser breve pero repone fuerzas.

Sed buenos.

Danae