Sucedió lo impensable

Qué cosas tiene la vida, siempre mirando con pereza a todos esos que iban al gimnasio después de currar y voy yo y hago lo mismo. No lo he hecho mal tampoco, prácticamente veinte años sin ir a la piscina y 30 exactos sin pisar un gimnasio.

Pero llega un momento en la vida en la que uno se dice que tanto sedentarismo no puede ser, que la salud es lo más importante y después de mucho remolonear lancé mi tarjeta sobre el mostrador y dije cóbrame que vamos a darle caña a mi cuerpo blandito.

Que sí niños, que la cosa va de salud. La mental. Que no podía seguir con la mente siempre raja que te raja, que una necesita un momento de paz y darle al pause. Así que allá que me fui y voy a decir  que el gimnasio es un lugar maravilloso en donde se concentra todo tipo de fauna. Es igual que el mundo real, pero en reducido, con música pachanguera a tope y con sudor como principal complemento de moda.

El novato-despistado

Esa soy yo. Es fácil de reconocernos: no hemos pisado un gimnasio en nuestra vida, así que nos verás paseando por esa sala llena de máquinas que parecen sacadas de una nave espacial intentando mantener la dignidad y actuar como si supiéramos de que va la cosa, pero NO. No tenemos ni idea de NADA, somos como Paco Martínez Soria cuando salía de su pueblo: lo miramos todo con los ojos bien abiertos sin entender nada.

Los novatos somos los únicos que leemos las instrucciones que  están pegadas en las máquinas, lo cual no impide que se utilicen mal o al revés-no, esto no me ha pasado a mí, sino a una amiga-. Así que ya sabéis, si veis a un novato no os riáis de su incompetencia, él nunca lo haría.

Los expertos

Los reconocerás porque son los que más mazados, tonificados y sudados están. Ahí los ves, controlando la respiración, yendo con seguridad de una máquina a otra, poniéndose al límite, realizando los ejercicios frente al espejo con la misma decisión con la que yo me voy a la barra del bar a por una cerveza. Esos serán por los únicos que sentirás algo de envidia, pero solo un poco.

El del móvil

No falla,  vayas donde vayas siempre hay alguien que no realiza la actividad que corresponde con el lugar en el que está. Yo estuve unos 20 minutos en las máquinas, a los 1o un tío se sentó en una de ellas y cuando me marché aún seguía ahí plantado con el móvil. Que yo creo que no tenía mucha intención de ejercitar los bíceps, sino más bien estaba descansando. Claro que luego irá diciendo por ahí que se ha pasado dos horas en el gimnasio. Sí, yo también me pasaría ese tiempo si me llevara un libro y ya si me sirvieran una copa de vino, ni te cuento.

Los que fardan

Esos que te miran mientras hacen los ejercicios. A veces te miran tanto que no sabes si están fardando o es que se están  burlando de ti en plan Mira lo bien que lo hago y tú no, porque ellos levantan 30 kilos y tú solo puedes con 7. PUES VALE.

 

He de decir que mis 20 minutos de máquina en toda la semana fueron complementados con  la natación. Esto no tiene mayor complicación, solo tienes que entrar en el agua e intentar:

  • NO hundirte
  • NO pegarle un puñetazo a tu compañero de carril entre brazada y brazada
  • NO chapotear cual pato borracho salpicando a todo lo que se mueve. El objetivo es que haya más agua dentro de la piscina que fuera.

Pero que nadie os diga lo contrario, al principio vais a parecer más un león marino que una sirena, eso tenlo claro. Y si tenéis tan poca fuerza en los brazos como yo, no recomiendo que salir de la piscina a pulso porque puedes parecer una ballena varada. Yo solo lo digo por si acaso, no vayamos a montar un espectáculo acuático el primer día.

Lo malo de la piscina, aparte de que no dejan que te tires en bomba -aburridos-, es que tienes que abandonar la dignidad en el vestuario, porque lo del gorrito, el bañador “segunda piel” y las gafas ventosa, parecemos preservativos disfrazados de Bartolo. No, la piscina NO es un buen lugar para ligar.

Y hasta aquí mi resumen de la semana. En mis 20 minutos de lucha contra las máquinas, esto es lo que pude observar. Eso y lo mucho que se suda y lo poco que me gusta a mí eso. Pero bueno, queridos niños, solo quería mostraros que este es un claro ejemplo de que nunca hay que decir de este agua no beberé, que al final todos acabamos cayendo.

Sed buenos

Danae

 

De vuelta

Como ya os comenté hace un par de semanas, necesitaba un respiro. Y ahora, bien ventilada, vuelvo a la carga. No sé si con más energía pero sí con más ganas.

Después de encontrarme con mis compañeras de la página weloversize, me embarqué en un viaje en solitario por tierras manchegas. Si alguno me sigue por Instagram, ya sabrá que mis destinos elegidos fueron Toledo y Cuenca, ciudades que tenía muchas ganas de visitar y que, por una cosa o por otra, al final dejaba al final de la lista.

Ha sido la primera que hacía un viaje en solitario, entendedlo como un viaje sin compañeros de viaje, ni nadie que me esperara al otro lado del andén. Cinco días solita conmigo misma.

A alguno le ha sorprendido la elección de mis destinos. Parece que ahora hay que viajar por Europa, lo de casa como que se ve para un puente de dos días y porque no hay tiempo para más. Pero eso es algo en lo que no quiero ahondar ahora.

2

He de decir que, sin duda, repetiré esto de viajar sola porque, para empezar, he conseguido desconectar, lo cual es todo un logro en mí, yo que no desconecto ni durmiendo.

Coger la maleta solo tiene su encanto. Un encanto que se pierde cuando se va acompañado. No porque sea mejor o peor, simplemente es diferente. Me encanta ir por ahí con amigos, pero cuando uno se va solo tiene la compañía de su maleta, viaja de otro modo. Yo, por lo menos, viajo de otro modo. Observo más, camino más despacio, miro por donde piso, no pierdo la mirada de quien lo ve todo por primera vez, aunque sea la cuarta vez que paso por la misma calle. En realidad siempre es  nuevo, no puedes cansarte de ello porque no lo conoces. Paras cuando quieres, comes donde y a la hora que tú decidas –o que las cocinas te permitan-. En definitiva, vas a tu aire y eso no es algo que ocurra cuando tus pasos dependen también de quienes tienes al lado.

Cuando viajas solo, hay algo en ti que transmite esa soledad -entendedla como algo no negativo-.Me he encontrado con otros que viajaban solos y nos hemos sonreído, porque viajar solo hace que formes parte de ese grupo de quienes no necesitan a otros para coger la maleta.  Nos hacemos un gesto discreto de  Ey, yo también viajo solo. Aunque como todo, hay  a quien diriges ese saludo secreto y te mira con cara de Ey, si viajo solo es por algo. No me mires y entonces es cuando continúo mi camino desilusionada porque un “Colega” me ha negado el saludo especial de quienes viajan solos.1

Si tuviera que resumir el viaje en una palabra sería PAZ. También es cierto que mis destinos no han sido ciudades grandes. Sí turísticas -en especial Toledo- pero siempe había una callejuela por la que escapar del gentío. Por tanto ignoro si mi sensación hubiera sido la misma de haber viajado a  Madrid o Tokio,por poner ciudades dispares.

Nunca he creído que viajar solo fuera aburrido o terminara haciéndome sentir sola. Ahora he podido confirmar dicha creencia. Todo lo contrario. Al estar solo te abres más. Si te pierdes (unas quince mil veces como me pasó a mí) no te quedará otra que preguntar (unas veinte mil veces) a los pocos paisanos que te encuentras. Incluso me atrevería a decir que viajar solo te vuelve más amable y abierto e incluso algo más pasota con las gilipolleces ajenas, porque es tu momento y no quieres que nadie te lo estropee. Claro está que esto ya es una opinión personal y que dependerá más del carácter de cada uno más que del modo de viajar.

Viajar solo debe ser una elección propia, nada de hacerlo porque todo el mundo que lo ha hecho lo recomienda. No, esto debe salir de uno mismo, aquí modas las justas. Así que no te va eso de estar solo, no lo hagas.

Yo, por mi parte creo que viene bien desintoxicarte de la rutina, de la gente que ves cada día e incluso de tus más allegados, te da otro enfoque. Te da la oportunidad de pulsar el pause antes de que el disco te acaba saturando.

He vuelto cansada, pero con ganas de demostrar(me) muchas cosas. He encontrado un banco en mitad del camino que me estaba resultando tan largo y duro. Un banco en donde respirar y desconectar del cansancio que me aprisionaba. Así que niños, ya estoy en pie, volvamos a caminar de nuevo.

Sed buenos.

Danae

Humillada por un plátano

La primera vez siempre duele, hagamos lo que hagamos como principiantes, salvo que tengamos la suerte del novato, DUELE. Es por eso por lo que he querido iniciar una nueva categoría/sección que, sin rebanarme muchos los sesos, he denominado “Mi primera vez”. Aquí os dejo mi testimonio: “Domingo 7 de junio de 2015 Todo ha empezado por comprarme jabón específico para la cara. Después de pagar 10 € por una pastilla de jabón que me da reparo usar para no gastarla, he decidido buscar alternativas más asequibles, y para eso está Internet. Así que, durante la tarde de ayer y parte de la mañana dominguera, he navegado por las aguas turbulentas de Internet en busca de mascarillas caseras que mejore mi cara, dermatológicamente hablando, de lo otro mejor me conformo con lo que tengo. Una página me ha llevado a otra, un blog a otro y me he sorprendido a mí misma hurgando en la nevera buscando ingredientes para estamparme en la cara, de la misma manera que Gollum rebuscaba la tierra para encontrar su tesoro. Al final he optado por lo sencillo: mascarilla de plátano con aceite de no sé qué para rostro y cabello. Como no tengo aceite de no sé qué, básicamente voy a dedicarme a aplastar un plátano a ver qué pasa. Las instrucciones son más o menos las siguientes:

– Aplástalo bien hasta que quede una masa. Hecho.

– Aplícalo por el cabello y el cuero cabelludo. Esto no fue tan fácil. Después de aplastarlo bien, me he quedado, como una tonta, mirando el cuenco lleno de puré de plátano, pero todo sea por un pelo brillante y al gritito agudo de qué asco,qué asco, qué asco me lo he ido extendiendo por el cabello y el cuero cabelludo.

El potingue sobrante me lo he estampado en la cara con la misma delicadeza que un albañil pone cemento en los ladrillos. Una vez superado el embadurnamiento, evitado morir ahogada por culpa de un trozo de plátano furtivo que se me ha colado por uno de los agujeros de la nariz, tocaba el toque final ¿una guinda? NO. Mejor, mucho mejor, porque si estar en el cuarto de baño con la cabeza oliendo a plátano observando cómo los tropezones se me van poniendo color marrón, no fuera suficientemente ridículo, aún falta cubrirme el pelo con papel transparente. AHORA SI. Ahora sí que me siento completamente humillada. Digo yo que esto de cubrirse la cabeza sea para evitar que la macedonia se estropee, que con el calor nunca se sabe, lo raro es que no aconsejen meter la cabeza en el frigorífico para una mejor conservación.

Bien, pues ahora que ya he perdido toda la dignidad que me quedaba, toca esperar 45 minutos para regocijo de mi familia que me miran como diciendo “pobrecita, qué habremos hecho mal”. Después de aguantar unos 15-20 minutos, porque el olor ya me estaba dando arcadas, he decidido lavarme el pelo, la cara y básicamente me he duchado, para eliminar todo rastro de olor a fruta pasada.

En ningún manual de instrucciones de todos esos artículos se advierte de lo complicado que es desembarazarse de semejante papilla. Bien, tras comprobar que el agua no estuviera muy caliente para evitar que al mezclarse con el azúcar del plátano mi pelo se convirtiera en almíbar, me he aplicado a fondo para quitarme la mascarilla. Dos jabonadas después, peinarme el pelo con un peine de la misma forma que peinan las madres a sus hijos en busca de piojos, otra jabonada de prevención, el experimento ha llegado a su fin.

¿Veredicto? Pelo suave durante un rato, la cara tersa y del tacto de la seda – ná, miento, así ya la tenía- y plato de ducha cubierto por trozos de plátano. La próxima vez (aún no sé si la habrá) casi mejor pasar el plátano por la batidora para evitarme el engorro de quitarme los grumitos del pelo. El testimonio lo escribí ayer, a mano (ni por asomo me acercaba al ordenador con toda la pegajosidad que tenía encima), en “directo” para que no se me olvidara ningún detalle del proceso.

Jpeg
Aquí la prueba.

Alguno pensará que he exagerado, yo os aseguro que no. Lo que no voy a negar es que, por naturaleza, soy torpe y bastante desastre para este tipo de cosas, así que mejor será comprar mis mascarillas en el supermercado y no en la frutería, porque última vez que me humilla una fruta.

Sed buenos.

Danae