El día que crezcamos libres

He escrito este título antes que nada. Me parece un buen título, pero no tengo ni idea de qué va después de él. Lo habitual es que escriba un texto y luego me pase más de una hora averiguando qué título le pega para, finalmente, elegir uno que ni engancha ni nada, pero qué le vamos a hacer, nunca he sido muy de titulares. Son pocas las ocasiones en las que escribo un título potente. El problema es que cuando escribo un título de estas características resulta que no se me ocurre nada que esté a la altura.

Hay conceptos que por mucho que busquemos en el diccionario no significan lo mismo para todos y, en ocasiones, para muchos ni siquiera tienen significado alguno. Libertad, feminismo, lógica, justicia, belleza…son solo algunas palabras que cuanto más se repiten, más sentido pierden hasta quedarse en conceptos vacíos.

Los exprimimos hasta la saciedad, nos escudamos detrás de ellos, nos defendemos de los golpes con sus letras y al final ahí están los pobres, magullados, sin saber cómo han entrado en esa guerra y frustrados porque, en realidad, nadie les comprende.

No sé muy bien que quiero decir con este titular. Si buscáis en el diccionario la palabra libertad, la primera definición es Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos. Resumiendo, la capacidad de elegir. Lo que chirría aquí es la última parte, esa que dice que uno es responsable de sus actos, porque el yo me lo guiso yo me lo como, no se lleva mucho. Uno lo guisa y si sale bien lo pone sobre la mesa orgulloso, pero si sale mal buscaremos culpables: los ingredientes, la sartén, la falta de tiempo, la distracción, blablablá. Lo de responsabilizarnos de nuestros actos lo tenemos como asignatura pendiente, tal vez por eso nos gusta tanto que nos controlen, que nos ofrezcan tranquilizantes que nos alejen de la realidad, al tiempo que nos creemos que lo hacemos porque en realidad queremos.

La jugada perfecta: vamos a dejar que piensen que son ellos los que tienen el control de la situación. Da miedo, pero más miedo produce salirse de eso.

El día que crezcamos libres no será el día en que hagamos lo que nos dé la gana, básicamente porque eso no es libertad, será el día en que asumamos la responsabilidad, el día que dejemos de tener miedo a todo, a lo desconocido, a nosotros mismos, a asumir dicha responsabilidad.

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Seremos libres el día en que si no hacemos algo por miedo a fracasar, digamos sí, no he hecho esto porque estaba cagada de miedo y he perdido una oportunidad de oro. Sin excusas.  No vale decir yo no he sido. El día que crezcamos libres será cuando defendamos nuestras ideas con razonamientos propios, nada de copiar lo que otros dicen, nada de repetir un discurso que no es el nuestro. Nada de repetir como un lorito, nada de ponernos orejeras y no ver más allá, nada de defender nuestra posición creyendo que lo nuestro es mejor.

Tal vez la libertad sea la falta de jerarquías, el  no creerse más que nadie, el tomar una decisión sin pensar que es mejor que la que toma el de al lado o tal vez sea el día que dejemos de tener miedo. Miedo a no encajar, miedo a estar equivocados, miedo a caer, a lo desconocido, a sentirnos menos que los demás. O tal vez, deberíamos dejar pensar en conceptos y vivir con coherencia y ya está. Eso debería ser sencillo.  Debería serlo ¿verdad? Yo que sé. Me quedo con el solo sé que no sé nada de Sócrates y así me guardo las espaldas. Por si acaso. Al fin y al cabo, este solo es un texto que haga compañía a un título que promete mucho.

Sed buenos

Danae

 

 

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Viaje al pasado

Unan vez más tengo el cerebro atascado, una sensación que ya me es conocida pero que fastidia igualmente. Así que, buscando un empujoncito,  he buscado en mis anotaciones, en entradas sin acabar que, me temo, nunca serán publicadas. He abierto cuadernos en donde conviven recetas, textos ilegibles y listas de la compra, todo bien mezclado y revuelto, y también he echado mano de libros no para leer fragmentos inspiradores, sino para ver si entre sus hojas me había dejado algún post it o alguna hoja de esas que garabateo cuando se me ocurre alguna idea. Y, efectivamente, me he encontrado con lo siguiente:

Aquella época en la que podíamos expresarlo todo con frases que encontrábamos en la Super Pop y similares.

Ya está. Eso es todo. Nada más. Está claro que cuando uno busca no encuentra, sobre todo si no sabe lo que está buscando. Sin embargo, esta frase tan tonta que sirvió para escribir una entrada, me ha llevado a buscar una agenda de 1999 que usé en mi adolescencia para escribir absolutamente TODAS las frases que caían entre mis manos. Una agenda que ya daba muestras de mi caótica organización: frases de Bob Dylan o Ghandi compartían espacio en la misma hoja que las que encontraba en las revistas de adolescentes y con mis declaraciones de amor a un tal Antonio de quien tan enamorada estaba en el colegio.

Me parece bonito recordar todo eso, toda esa ingenuidad, ver el poder que tenían ese puñado de palabras sinsentido, cómo la incongruencia reinaba no solo en ese cuaderno sino también en mi vida, en donde lo superficial y más profundo convivían -tal como lo siguen haciendo ahora- en paz y armonía. Cada uno con su espacio, sin pisarse, sin creerse más que el otro.

Una agenda que ha supuesto un regreso al pasado. Volver a esos garabatos hechos por mí, a los textos escritos por compañeros que no he vuelto a ver, a leer promesas de amistad “4ever” que se rompieron al poco tiempo, a recordar nombres de quienes ya no me acordaba, a releer frases magníficas de personas que no sabía de su existencia.

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Fue el boom de las frases, de los cuadernos llenos de intenciones, de carpetas que desteñían con la lluvia de la cantidad de tinta que tenían en su interior, fue la época de “vamos a comernos el mundo y que nadie nos diga lo contrario”, de los amores ingenuos y del “jamás podrán separarnos”.

Es bonito joder, muy bonito. Una agenda de hace tropocientos años que mantiene el espíritu infantil e ingenuo de quien se aferraba a la idea de que se podía conseguir cualquier cosa solo con proponérselo y algo de esfuerzo.

Teniendo en cuenta que, por el momento, me toca aguantar esa horrible sensación  “quiero escribir pero no me sale nada” una servidora se consuela lanzando alguna que otra carcajada al leer grandes poemas de amor como No eres ni vino ni casera pero ayer pensando en ti me caí por la escalera se dan la mano con frases pronunciadas por los intelectuales de final del s. XX  como Nick Carter. Está claro que no hay mal que por bien no venga, porque no sabéis lo bien que me está viniendo recordar todo ese mundo adolescente al que pertenecí.

Sed buenos

Danae

P.D: Carrocerías Rey, de nada. Muy pocos pueden presumir de salir en documentos históricos como este.

A cero

Bueno niños, estrenamos nuevo mes. Qué bien ¿eh? Yo encantada claro, a ver si el frío se acerca y esas cosas que tanto nos gustan a los que huimos del calor.

Tiene su gracia esto de empezar un nuevo mes. Siempre igual, ya deberíamos estar acostumbrados, no debería ser nada especial pero hay una ilusión tímida, apenas perceptible cuando toca pasar la hoja del calendario. ¿No la sientes? Es un leve cosquilleo en la boca del estómago y un sinfín de intenciones que se agolpan atropelladamente pero sin molestar a nadie.

¿Estamos a un paso de realizar el viaje que planeamos? ¿Se acerca el frío que tanto nos gusta? ¿Nuevos proyectos? ¿Nos alejamos un mes más de aquello que nos sucedió y queremos dejar atrás? ¿Queda menos para una fecha especial?  O no, tal vez deseas volver al punto de partida (¿o es de salida?), ese en donde muchos ven  la luz al final del túnel: el verano, el calor, las vacaciones, el tocarse las narices y no hacer absolutamente nada. Cada uno se aferra a lo que quiere, ¡faltaría más! y de esta manera, mientras nuestra cabeza viaja a mil por hora planeando lo que le venga en gana, los días corren casi sin darnos cuenta, en especial para los que olvidan arrancar las hojas del calendario y aún viven en febrero. No pasa nada, no se lo diremos a nadie.

Es octubre. Es domingo. Los pensamientos fluyen bajo un cielo plomizo, las ideas vuelan alborotadas. El cronómetro vuelve a ponerse a 0. Nuevo mes. Preparados. Listos ¡YA!

 

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Fotografía: Robert Doisneau

Sed buenos

Danae

 

 

Vuelta a la realidad

Ya está. Ha ocurrido. Las vacaciones se han terminado. El cadáver de mi maleta aún está caliente, después de dos días y medio continúa en el suelo con trastos dentro y es que, desde que he vuelto, solo he podido hacer dos cosas: tirar la ropa a lavar y tirarme en el sofá. Si buscarais la palabra agotamiento en el diccionario, saldría mi foto. Lo cual quiere decir que me lo he pasado bien.

Fui a visitar a una amiga a Praga y aprovechamos el fin de semana para conocer Viena. Dos días intensivos sin parar, intentando memorizar cada rincón, respirando ese aire que no sé si será más puro pero sí que huele diferente, imaginándome a esas bailarinas siguiendo el ritmo de El Danubio Azul. Todo muy intenso, como un buen café, concentrado pero que no llega a amargar. Un recuerdo breve que llenará páginas en mi memoria, he dejado algunas más en blanco para cuando vuelva. Porque sí, volveré.

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Regresamos a Praga, risas, ojeras, palabras y más palabras, más risas, cansancio y vuelta a empezar. Ella al trabajo y yo a pasear y a perderme. A veces creo que mi nula orientación es algo que yo misma provoco de forma inconsciente, porque me he dado cuenta de que cuando uno se pierde conoce mejor a la ciudad. Y yo me lo paso mejor así, aunque a veces resulte cansino despistarse con tan solo doblar la esquina.

Alejándome de todos esos lugares turísticos, de las tiendas de recuerdos, de los camareros de simpatía fingida…alejándome de todo eso pude conocer a esos checos que no saben inglés pero que intentan guiarte a través de gestos dignos de un buen contorsionista, que a los obreros les importa muy poco que haga diez grados en la calle porque en mangas de camiseta se trabaja mejor, y que  hay una legión de personas que no se separa de su cigarro electrónico inundando ambiente de un olor peculiar.

Y de todo eso hice fotografías mentales que merecen la pena recordar, como descripciones silenciosas de la forma de vida de un país.

Para el resto ya tengo el móvil y mi pequeña cámara desechable. Con esta inmortalizo los momentos que realmente me llaman la atención, lo que me importa solo a mí. Porque resulta que yo no soy una buena fotógrafa o, mejor dicho, no pongo mucho empeño en ello. Es algo que mucha gente no entiende, tampoco hace falta. No tengo paciencia, hago click rápido, sin pensar y, aunque muchas salen mal, he de confesar que algunos resultados son de lo más satisfactorios. Me gusta hacerlo así, qué le voy a hacer, soy más de fotos movidas que de encuadres perfectos. Esas fotos que nunca sé cómo van a salir son mi recuerdo de los viajes, mis postales personales que reflejan lo que de verdad ha captado mi atención, aunque la calidad no sea buena. IMG_20170918_135202

Después de esos largos paseos matinales y de comer, vuelvo a quedar con la amiga curranta para andar más, esta vez sin perderme y visitar todas esas maravillas que hay que conocer , pero también para dar un paso más allá e indagar por un turismo que en realidad no lo es: la búsqueda de un hogar. Ella aún no había encontrado un lugar donde asentarse y vaciar esas maletas que guardaba a buen recaudo en casa de una amiga. Ese otro turismo que no lo es me ha llevado a conocer el interior de las casas checas, a la gente que vive en ellas y me ha permitido compartir con ella esa desesperación apenas disimulada de quien busca pero no encuentra.

He reído mucho, he desconectado de tal manera que no he sido consciente de ello hasta volver a España. He disfrutado de cada paso que he dado, he paseado mi maleta por lugares que nunca pensó visitar e incluso he utilizado todos esos “por si acaso” que pocas veces llego a usar. Me he adentrado en otro mundo y sé que este lunes, será más lunes que nunca, es lo que tiene desconectar y disfrutar, que el golpe a la realidad es mayor.

Sed buenos

Danae

Amar y merecer

Una servidora está a puntito de irse de vacaciones, así que en estos días he estado a tope para poder irme tranquila, lo cual quiere decir que mis entradas están escritas a cachos en post it que guardo en el fondo del bolso, porque soy incapaz de acordarme de meter en él mi libreta para anotar. Así que tengo un bolso de colorines con el interior saturado de papeles amarillos con borrones ilegibles. Y os cuento todo este rollo para deciros simplemente que no he tenido tiempo de encajar todas esas piezas que duermen aún en el fondo de dicho complemento.

Sin embargo, antes de marcharme me gustaría compartir con vosotros una película que vi ayer:  The Perks of being a wallflower -Ventajas de ser un marginado- basada en el libro del mismo nombre. Trata de la vida de un chico en el instituto, de esos que se consideran diferentes, raros, marginados, frikis, losquenoencajanniqueriendo -yo redactando sinopsis no tengo precio, lo sé- y resulta que a mí me gustan todas esas historias de los  quenoencajanniqueriendo, porque siempre me tocan el punto sensible y es que una se siente algo identificada, qué le vamos a hacer.  Personalmente me gustó,  sobre todo porque encontré varios fragmentos memorables y una frase digna de mencionar:

Aceptamos el amor que creemos merecer

Da qué pensar ¿verdad? Me parece una gran frase peeeeeeeero también  demasiado susceptible de perder su significado. ¿Por qué? Porque en el muro de Facebook queda muy bien, no me digáis que no. Tiene ese no sé qué, qué se yo que la convierte en la frase perfecta para una mañana de iluminación espiritual. No voy a hablar de ello ooootra vez que me repito más que el ajo, pero como diría Elvira Lindo una frase entrecomillada en el muro de Facebook suena igual que una de Paulo Coelho. Así que volvemos a lo de siempre, que mola la frase pero ser consciente de ello y llevar a cabo un cambio en nosotros ya es otro tema. Y es  que a ver si va a ser verdad que todas nuestras relaciones terminan porque no damos una y elegimos a aquellos que creemos merecer y dejamos a la vista de todos la idea de que creemos que merecemos poco ¿Y cómo quedamos nosotros? Pues mal, muy mal.

Porque si esto es verdad, si sin darnos cuenta nos atraen aquellas personas que creemos merecer y  resulta que esa elección nos hace infelices por el motivo que sea, algo va muy mal en nosotros y eso es bastante difícil de afrontar. Así que nos encontramos con una frase memorable y con gancho, ideal para compartirla con todos y  terminar con su significado y seguir saliendo con personas que nos creemos merecer (para mal y para bien).

Supongo que con toda esta palabrería mal gestionada, mi única intención era compartir esa frase que me ha parecido una de esas que caen a plomo y  no dejan indiferente. De esas que te llevan a echar la vista atrás y pensar si de verdad una se merecía todo eso. Dicho esto, por favor, pensad en ella pero no gastéis su significado Gracias.

Sed buenos

Danae

Así de simple

Seguro que os ha pasado: veis una fotografía como cien veces o más, habéis perdido la cuenta, os gusta, os encanta y no sabéis exactamente la razón.

No siempre sabemos qué es lo que nos lleva a guardar una imagen, tal vez porque vale más que mil palabras y así ahorramos saliva. Muchas nos recuerdan viajes, amigos, familia, en definitiva son recuerdos. Las vemos y de forma casi instantánea recordamos. Así de simple. Recordamos y revivimos lo que no se  muestra.

Una sola instantánea nos permite reconstruir una situación al completo. Y con ella las alegrías y las penas, las risas, las caídas, las borracheras y sus correspondientes resacas. Absolutamente todo. Porque si algo tienen las fotografías es que aunque todo el mundo vea la misma imagen, la realidad de cada uno, su recuerdo, será diferente.

Dublín
Dublín 2013

 

En numerosas ocasiones vemos una imagen que no nos pertenece, de alguien desconocido o de algún famoso o lo que sea y simplemente nos gusta y la guardamos. Te olvidas de ella y, al cabo de un tiempo la recuperas sin querer, sin buscarla porque ya no te acordabas, y te vuelve a gustar y lo asocias con no se sabe qué que hace que te guste aún más. Y ya está. Fin de la historia.

Seguro que habrá personas que asocien todo esto a razones más profundas, puede que las haya. No lo sé. Yo solo sé que apropiarnos de imágenes ajenas por lo que nos hace sentir, por lo que nos gustaría llegar a ser; guardar una fotografía de aquel viaje de dos días con tus amigos por lo que nos hace recordar, observar mil veces la instantánea de un lugar al que queremos ir y que no hemos compartido con nadie, es bonito, inocente y maravilloso. Y ya está. Yo por mi parte no necesito indagar más.

Sed buenos

Danae

 

Ganas de otoño

Hoy que está el día tristón. El cielo, de un gris plomizo, parece una pesada masa de nubes que amenaza con caer sobre nuestras cabezas. La lluvia intermitente, la oscuridad del día hace que le entren a uno las ganas de peli y manta, una taza de té o chocolate bien calentito y lo único que  lo impide  es que aún es verano y el calor nos envuelve tanto como ese cielo encapotado.

Lo reconozco, tengo ganas de otoño. Siempre tuvo algo de romántico esa época del año, tal vez porque deja atrás el verano, el gentío, la actividad que tan poco me gusta, propia de los meses estivales. Tengo ganas de otoño. Pero el de verdad, el de toda la vida, el que hemos perdido por el cambio climático.

Tengo ganas de árboles cuya copa se ha teñido de marrones, amarillos y naranjas, de pasear por calles cubiertas por sus hojas y que crujen al pisarlas, de ese frescor típico de otoño que hace que respires mejor, de ese borrón y cuenta nueva que supone dejar atrás el verano y comenzar de nuevo el colegio.

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¿Os acordáis de todo eso? ¿Os acordáis lo que era comprarse un abrigo nuevo a principios de septiembre sabiendo que lo íbamos a usar? ¿Recordáis la sensación de subirnos los cuellos de la cazadora porque, sin saber cómo, el frío ya había llegado? ¿De lo mucho que invitaban los días a encerrarse en casa solo o con amigos y hacer maratones de nuestras series/películas favoritas o a leer o a escuchar música perdiendo la noción del tiempo?

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Tengo ganas de otoño de verdad, de esos de cazadora, de gris, de oír el crujir de las hojas, de ver cómo los árboles van perdiendo sus hojas, de observar divertida a los niños con sus katiuskas y sus abrigos de dos tallas más. No quiero saber nada de “veroños”, ni de mangas cortas en octubre, ni de fotos en la playa tomando el sol. No. Quiero O-TO-ÑO. El auténtico e inigualable otoño. El que, junto con el invierno, hace que valore más las cosas más nimias, más que en cualquier otro momento del año.

Tal vez porque se trate de una época nostálgica, y yo sea mucho de eso, de nostalgias y de cielos grises y de colores tierra desperdigados por el suelo.

No lo sé. Siempre he sido más de frío que de calor, de abrigo que de bikini, de bota en vez de sandalias. Puede que tenga que ver más con eso que con la nostalgia o los colores, puede que necesite sentir el frío en la cara y oír el crujido de las hojas porque me recuerda a cuando era niña y saltaba encima de esos montones de hojas caducas o me llevaba alguna para meterla entre las hojas de un libro. No lo sé. Solo sé que quiero que vuelva mi otoño. El de siempre.

Sed buenos.

Danae